| CONTIENDA.
Por qué mi postulación para Defensor
Carlos Arosemena
Hace unos días, leí en La Prensa que se abrirían las postulaciones para el cargo de Defensor del Pueblo de la República de Panamá. Días después en este mismo periódico, un diputado oficialista señalaba que esa institución tenía una deteriorada imagen, mientras que otro cuestionaba la labor que se había desarrollado en estos últimos meses.
Inmediatamente pensé que había llegado el momento de continuar aportando mis conocimientos y experiencia adquiridos durante estos últimos 25 años como profesional idóneo en comunicación social. Tenemos que educar a la población para que conozca sus derechos, y que también reconozca que tenemos responsabilidades y deberes que cumplir.
Al comentarle a un amigo mi decisión, me preguntó que por qué perdía mi tiempo, que ese cargo es político y que yo no pertenezco a ningún partido. Estos comentarios no me sorprendieron porque a través de mi vida profesional, como periodista, he conocido a los políticos y sobre todo, los he visto actuar. Mas no por esto debo quedarme de brazos cruzados y dejar que las cosas pasen. En parte es por esto que no mejoramos, porque no participamos. Y esta vez tenía que hacer algo si estaba en mis manos… y en mis manos está el postularme como Defensor del Pueblo.
Conozco la realidad porque he visitado todos los rincones de mi país, he conocido cómo viven todos los grupos sociales. Gracias a mi trabajo siempre he visto y sentido la parte humana y social. En los últimos dos años fuimos testigos de que vivimos en un país con esperanzas. Existen panameños y panameñas que son ejemplos para la sociedad, quienes con sus actuaciones contribuyen a darnos una perspectiva y a continuar construyendo los cimientos de una mejor sociedad, que hoy muchos reclamamos.
Estoy convencido de la necesidad de que los derechos y deberes de los ciudadanos sean respetados. Y soy fiel creyente de que todos somos seres hechos a imagen y semejanza del Creador, por ende, somos iguales.
Mi vocación de servicio y ayuda la he demostrado. En los últimos años he trabajado arduamente en la educación, formando a jóvenes profesionales, haciéndoles ver los grandes retos y responsabilidades que afrontamos, que dependen de nosotros mismos, y que esos valores que hemos aprendido debemos practicarlos todos los días. Está en nosotros hacer el cambio para vivir en un país cimentado en valores y buenas costumbres.
Hace 20 años tuve la oportunidad de administrar justicia, con estricto apego a la ley, pero además realizaba campañas educativas de limpieza y ornato. Recuerdo que implementamos un sistema para los vendedores de los semáforos: los uniformamos, creamos conciencia para que mantuvieran el área limpia, los registramos en la corregiduría. Semanas después, los resultados fueron halagadores, sus ventas aumentaron, los conductores se sentían más seguros y las áreas estaban realmente limpias.
No se trata de inventar la rueda, solo tenemos que ponerla a andar. La clave está en tener sentido común, esto nos llevaría a todos a tener una cultura de paz, una mejor convivencia y alcanzar un mayor desarrollo como seres humanos y como país.
Desde la Defensoría del Pueblo mi tarea básica sería la de salvaguardar los derechos fundamentales y garantizar una administración abierta y responsable. Para lograr esto, hay que hilar fino, preguntándose:
¿Dónde comenzar? La respuesta debe ser la educación, comenzando de dentro hacia fuera:
¿Cuáles son nuestros derechos?
¿Cómo tenemos acceso a la información de interés público?
¿Cuál es el adecuado procedimiento en casos de incumplimiento?
¿Cuáles son las mejores estrategias para el mejoramiento de los servicios prestados por las diferentes instituciones?
Y la lista puede ser interminable; yo estoy dispuesto a dar respuestas a estas y todas las interrogantes y resolver lo que esté a mi alcance.
El autor es periodista y estudia derecho
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