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Reportaje especial
Panamá, jueves 21 de junio de 2007
 

GEORGE BUSH.

Entre aplausos y abucheos

Carlos Alberto Montaner

Bush viajó a Italia y el ejército tuvo que protegerlo de la ira popular. En España o Francia, si pueden, lo fusilan al amanecer. Lo odian. Sin embargo, fue a Polonia, República Checa, Albania y Bulgaria, y lo esperaron con los brazos abiertos y grandes pruebas de felicidad colectiva. Y es fácil de entender: las sociedades que vivieron bajo la bota comunista le agradecen a Estados Unidos las denuncias constantes a la violación de derechos humanos que ocurría en los paraísos socialistas, las transmisiones de Radio Europa Libre, el apoyo político a los disidentes, y que Washington no desmayara en la defensa de los pueblos atrapados tras el Telón de Acero después de la Segunda Guerra Mundial.

Mientras en Occidente se abría paso la cobarde consigna de "primero rojos que muertos", y cuando los pesimistas, disfrazados de "pragmáticos realistas", daban por sentada la inevitabilidad del permanente avance del comunismo, la voz vibrante de Kennedy en Alemanía, asegurando en 1963 que Ich bin ein Berliner, que él era un berlinés, y que junto a ellos se jugaba la vida, o la de Reagan, veinticinco años más tarde, casi en el mismo sitio, frente a la Puerta de Brandenburgo, pidiéndole a Gorbachov que derribara el Muro de Berlín, fueron casi las únicas expresiones de solidaridad internacional que les llegaban a esas entristecidas sociedades, la única mano amiga que mantenía viva la esperanza en la libertad y la ilusión en que habría un mañana sin gulags y sin paredones de fusilamiento.

En América Latina sucede algo parecido: de acuerdo con las encuestas más solventes, las sociedades más pronorteamericanas del continente son las de Nicaragua y El Salvador, dos naciones, precisamente, en las que Estados Unidos contribuyó en el terreno militar a la derrota de los comunistas, y la de Panamá, donde en 1989 una invasión norteamericana desalojó del poder a un narcodictador muy cercano a la tiranía cubana. Es cierto que en esos países también existe un fuerte sentimiento antinorteamericano en un sector de la población, pero la proporción de quienes tienen una buena opinión de Estados Unidos duplica o triplica (como ocurre en Panamá) la de quienes opinan lo contrario. Incluso en Cuba, donde el gobierno lleva medio siglo de bombardeo propagandístico, se calcula que el 56% de la población, si pudiera, emigraría inmediatamente rumbo a Estados Unidos, donde ya radican más de dos millones de personas escapadas de la Isla.

¿Qué hubiera pasado si, tras la derrota de los nazis, y en medio del espasmo imperial de los soviéticos, que ya se habían tragado media Europa central y estaban a punto de controlar Grecia, Estados Unidos se hubiera cruzado de brazos? ¿Qué habría ocurrido si frente a aquella locura de conquista planetaria que afectó a los comunistas durante décadas, hasta que la URSS se hundió como consecuencia de la absoluta ineficiencia del colectivismo y de los abusos de la oligarquía del Partido, Estados Unidos no hubiera desarrollado una estrategia defensiva de contención, con alianzas como la OTAN y programas masivos de ayuda financiera como el Plan Marshall?

Es verdad que Washington cometió numerosos errores y algunos excesos en el desempeño de su liderazgo, pero ¿había alguna otra nación dispuesta a pagar el altísimo precio de enfrentarse a Moscú y a Pekín? Incluso, desaparecida la URSS, y sin peligro de contraataque, cuando la antigua Yugoslavia se deshizo en el medio de varias guerras civiles y se sumergió en un terrible baño de sangre, ¿a dónde acudió Europa en busca de dirección y apoyo para someter a los serbios y poner fin a una matanza espantosa, asépticamente llamada "limpieza étnica", que estaba ocurriendo en su propio patio? Rápidamente, llamó al amigo americano.

En 1992, en un viaje a Hungría, un joven y brillante político que luego fue Primer Ministro, Víktor Orban, recordando los tiempos de la resistencia frente al comunismo, resumió la situación en una frase rotunda: "sin los americanos nuestra esclavitud tal vez no se hubiera acabado nunca". Probablemente. Por eso en aquellos parajes aplauden a Bush y no son antiamericanos.

Firmas Press. El autor es analista internacional



 
 
 
 
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