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Reportaje especial
Panamá, martes 19 de junio de 2007
 

EL MALCONTENTO.

Maquillaje tercermundista

Paco Gómez Nadal

Para nadie es un secreto que plata hay siempre, pero no para lo realmente necesario. Nuestros gobiernos balbucean mendicantes ante el mundo y hablan de carencias presupuestales, piden cooperación internacional hasta para la papelería y los proyectos que venden como propios casi siempre responden a un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo o cualquier institución 'benefactora' y generosa dispuesta a poner los recursos.

Un ejemplo reciente lo pudimos comprobar en la asamblea de la OEA (Organización Estática Americana). Ahora sabemos que la broma nos costó cerca de dos millones de dólares para que durante cuatro días las primeras damas pudieran hacer turismo de lujo y comer en los restaurantes locales ungidos con el favor presidencial, para conseguir una declaraciones vacías de contenido y repletas de firmas, y para que, por ejemplo, Bruce Queen se embolsara 39 mil 900 dólares por un acto ¿cultural? de dudosa calidad.

¿Qué más pasó? Nada. Nuestros estudiantes en la calle, algunos obreros de piquete y la jet set local feliz de haberse conocido con esta farándula política tan poco influyente, tan poco ejemplar. Acto social tras acto social de este club de amigos.

Para que esta 'nada' ocurriera era imprescindible, eso sí, un maquillaje típico de países del tercer mundo o de países nuevos ricos. Camuflar para que la realidad no se viera y hacer muchas alharacas para que nadie viera.

No es el primer caso. Cuando Bill Clinton visitó Colombia, llegaron a poner un decorado delante de la choza de una cristiana pobre como hereje en Cartagena de Indias para que la podredumbre no afeara. En España, cada vez que hay un evento de peso (Fórum de las Culturas, Olimpiadas y demás vainas del folclor internacional) esconden a gitanos y mendigos para que no se note que el desarrollo deja sus víctimas. En La Habana, antes de la Cumbre de los No Alineados del año pasado se pintaron puentes y túneles y se pusieron unos semáforos espectaculares solo en la quinta avenida de Miramar, la zona noble y diplomática de la ciudad.

Por eso, los funcionarios que gestionan la miseria en Panamá deben avisparse cuando se presenta una oportunidad como esta. Si logran que su institución, su auditorio o sus tutelados formen parte de alguna actividad de la cumbre internacional conseguirán de un plumazo el presupuesto por el que llevan llorando años.

Atentos si no… Parte del presupuesto gastado -que no invertido- fue para mejoras en el centro de convenciones Atlapa (cuyas alfombras provocan llanto), el Teatro Nacional (vivo por cooperación internacional), el aeropuerto internacional (en el que acabamos de invertir millones de dólares) o la Iglesia San Francisco de Asís (¡pobres paredes!). Otros 274 mil dólares se fueron en mobiliario y banderitas.

En el día a día de Panamá, las instituciones y recintos culturales tienen pírricos presupuestos y tienen que alquilarse para actos religiosos, 'vivaslasmúsicas' y demás. No hay un solo espacio en la ciudad con programación anual permanente que surja de un presupuesto público asignado. Se programa cultura cuando una embajada o un productor regala la función o alquila el lugar. Nada más. Pero sí hay dinero para que la Asamblea de la OEA se produzca en un país de mentira donde el presidente se infla hablando de la ampliación del Canal y de otras bellezas nacionales.

En el país de verdad, los vecinos de Jaqué siguen esperando la respuesta de Torrijos por el abandono y las promesas incumplidas; en los guetos pobres siguen ardiendo las casas como fósforos; los docentes se convierten en guardianes de niños y niñas; y los problemas endémicos que el Gobierno prometió atacar (corrupción-desempleo-justicia) siguen siendo quistes que engordan a ritmo de reguetón.

La maldición de nuestra América es definitivamente la casta de líderes que le ha tocado en desgracia (o que elegimos irresponsablemente). Necesitados como estamos de un Estado fuerte, protector, que ponga todo su empeño en la redistribución de las riquezas, en el cobro justo de impuestos a los que más ganan, en proporcionar seguridad alimentaria y en cuidar a la infancia, nuestros gobiernos no hacen sino abonar la errónea idea de que ante tanta ineficacia y tanta política del show lo mejor que se puede hacer es reducir el Estado (mala noticia: la corrupción será igual en lo proporcional, aunque menor en lo absoluto) y confiar en la buena fe de empresarios y mercado. Estos últimos maquilladores de otra índole.

Este panorama pesimista que hace caer en un espíritu fútil solo es combatible con la aparición de nuevos liderazgos, jóvenes, inteligentes, centrados en lo público. Pero eso no ocurrirá en el corto plazo. Así que lo mejor será sentarse a esperar y ofrecerse para la 'Operación Maquillaje' y así paliar las carencias de la 'Operación Realidad'.

El autor es periodista



 
 
 
 
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