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Panamá, domingo 17 de junio de 2007
 

DEBATE.

En qué creen los que creen

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Dedico esta columna a mi admirado padre, agnóstico hasta su muerte. Admito, sin embargo, que su mejor homenaje sería que el Barsa conquiste la liga hoy. Estará pendiente, sus cenizas yacen esparcidas en el Camp Nou.

He leído opiniones escritas recientemente por médicos y por oficiosos de la predicación espiritual. Unos parecen haber cursado la carrera de Hipócrates en los recintos de alguna prelatura cristiana y otros parecen haber escapado de las cavernas, preservando sus primitivas neuronas en alcanfor. Aducen que la sexualidad no es cosa de niños -las tumbas de Freud y Piaget deben estar resonando de indignación-, que las tormentas de placer hormonal son únicamente para fines reproductivos (se debe fornicar solamente en los 6 días fértiles del método del ritmo) y que los anticonceptivos son perversos valores de moralidad. A esos habría que cancelarles la licencia de galenos o encomendarlos a impartir clases en los salones del Vaticano. Rechazan las teorías de Darwin y ponen una chaqueta de diseño inteligente al proceso evolutivo de las especies. Que esta concepción emane de individuos ajenos al pensamiento científico es algo que se puede tolerar, pero que provenga de hombres de ciencia raya en una ridiculez deprimente. Nada más faltaría que, para enfrentar enfermedades serias (no aquéllas que responden a placebo), los colegas hojeen las páginas de las ampulosas sagradas escrituras (ahora obligatorias por decreto legislativo) para tomar decisiones terapéuticas.

El siglo XXI se está caracterizando por una feroz embestida de religiones monoteístas (cristianismo, islamismo), con el fin de recuperar la significativa baja de adherentes y la hegemonía sobre masas robóticas, y de inagotables sectas a la carta, para satisfacer a creyentes disidentes o disconformes con la forma en que se manejan los cultos tradicionales. Hace 15 años, Gilles Kepel publicó La revancha de Dios, un libro que alertaba sobre el regreso de los radicalismos religiosos a la liza socio-política mundial. Tenía mucha razón. Las llamadas a la yihad de ciertos líderes musulmanes, el auge de los teocons en Estados Unidos, el terrorismo de Al Qaeda, la acentuación de la ortodoxia católica, las manifestaciones contra la educación laica y la libertad homosexual, la influencia del Opus Dei en profesionales de medicina, prensa, derecho o empresa privada y la voraz evangelización de América Latina, son claros ejemplos de dicha retaliación dogmática.

Aparte del fabuloso negocio que significa la fe para cúpulas eclesiales o para cabecillas de las diversas cofradías, es evidente que la mayoría de seres humanos busca la religiosidad como estupefaciente social que calme sus angustias y calamidades personales o les prometa vida eterna. Desde mi adolescencia y adultez temprana, me preguntaba ¿por qué tantas personas creen vigorosamente en lo invisible e improbable? Una cosa es creer en la evolución, en la electricidad, en la energía nuclear o en la nanotecnología y otra muy distinta es creer en Lucifer, espíritus santos, milagros o en la virginidad de María. Estos conceptos pertenecen a registros distintos en el campo de la fe y se valen de apoyos diferentes para sustentarlos, los primeros tomados del campo de la experiencia y análisis racional y los otros de emociones y querencias sentimentales. Y es que los creyentes no consideran su fe como una forma metafórica de dar cuenta de sus dubitaciones ante el misterioso universo y ante la vida misma, fenómeno comprensible desde una óptica intelectual, sino como una explicación efectiva de lo que somos y del destino que aguarda. Piensan que Dios es Alguien que hace cosas, no que se trata solo de una exclamación espontánea por las tribulaciones que nos aquejan. Tristemente, la ciencia y más aún la filosofía, fallan en satisfacer a la gente porque solo son comprendidas por segmentos selectos de la población y porque no complacen a una humanidad sedienta por respuestas últimas que, aunque ilusorias, ofrezcan esperanzas de felicidad y perennidad.

Pese a la credulidad evidente del colectivo humano, resulta difícil precisar en qué creen los que creen. Ellos hablan de una deidad tan vaga y disímil según la corriente a la que se adhieren, que cuando se les pregunta por qué y en qué creen, emergen divagaciones de todo tipo. Aluden a dioses, mesías, profetas, papas, rabinos, budas, imanes, bonzos, gurús, elohims o xenus, a los cuales se aproximan mediante sacrificios, rezos, invocaciones, plegarias, mandas, flagelaciones, diezmos, inmolaciones y un inacabable repertorio de penitencias. Los creyentes ignaros agregan fantasmas, tuliviejas, chupacabras, astrólogos, adivinadores del tarot e imágenes santas a su credo, mientras que los más cerebrales optan por el deísmo (un dios como autor de la naturaleza, pero sin revelación ni culto externo). En ciencia, cuando se esbozan tantas hipótesis para explicar una incertidumbre, usualmente todas resultan falsas. Quizás, sería prudente exigir a la supuesta deidad que, después de 15 mil millones de años de historia cósmica, es urgente que se muestre y aclare su nombre, figura y propósitos para que la humanidad, de una vez por todas, rinda pleitesía a un solo ente y reine la paz terrenal.

Días atrás, estuve en Barcelona y después de culminar mis obligaciones con el congreso pediátrico, fui a una librería y compré La Vida Eterna, última obra de Savater. Me senté a leer en una banca de la avenida diagonal y me dio por preguntar a los transeúntes, cual impertinente mendigo, sobre sus creencias personales. Me percaté de que los europeos son bastante anticlericales y conservan sus ideas espirituales en el ámbito privado. ¿Por qué ellos son tan escépticos y los latinoamericanos tan místicos? Será porque nuestra educación escolar no ha podido desatarse de sus ataduras religiosas y dar el salto a la laicidad; será porque nos hace falta pasar por la etapa de iluminismo y herejía intelectual que aconteció en Europa durante el siglo XVIII; será porque todavía no depuramos remanentes de ritos, brujerías y cábalas de tribus ancestrales; será porque la corrupción política tiene a la región sumida en la pobreza, caldo de cultivo para la proliferación de zombis, presas de charlatanes; será porque la separación Estado-Iglesia es tan solo una quimera de pocos ciudadanos que viven en países sumidos en el subdesarrollo mental; será porque no tenemos una asamblea de diputados sino de pastores evangélicos.

"¿Qué íntima lealtad, qué religión última será la más adecuada a un espíritu ya por entero libre y desilusionado?", George Santayana.

El autor es médico



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