| CENSO.
Extranjeros en Europa
Camilo José Cela Conde
La publicación de las cifras del censo español de primeros de año ha confirmado lo que muchos daban por cierto: que el número de los extranjeros residentes en España crece hasta rozar unos porcentajes que han de expresarse mediante dos cifras, si no los han alcanzado ya con creces en muchas partes. El fenómeno no es solo español, por supuesto; toda la Unión Europea está sometida a esa presencia masiva de inmigrantes. Y las autoridades de los principales países —los de mayor presencia foránea, por razones evidentes— han decidido coger el toro por los cuernos.
No todos los extranjeros son de religión islámica ni proceden de países de mayoría confesional musulmana. En realidad los creyentes en Alá y seguidores de Mahoma suponen una parte menor de los inmigrantes europeos. Pero la aparición del terrorismo fundamentalista islámico ha llevado a que sea la clave religiosa —cultural, en último término— la que se contemple a la hora de analizar los problemas a que dan lugar la presencia de extranjeros en suelo europeo. El modelo dado por bueno hace unas pocas décadas en el Reino Unido, el del respeto a la cultura y las tradiciones de origen, ha dado un vuelco no solo en el continente sino en la propia Gran Bretaña. Francia, Alemania e Inglaterra cuentan ya con leyes o proyectos de ley al menos que buscan imponer la integración cultural en el sentido más amplio. Los inmigrantes, para obtener carta de residencia, habrán de superar exámenes de inglés, francés o alemán, dependiendo de la lengua propia del Estado de que se trate. Además, tendrán que superar pruebas de "ciudadanía", concepto más difícil de precisar que el de la lengua. Así, el Gobierno de París habla de la necesidad de haber interiorizado los valores republicanos, mientras que el de Londres precisa mucho más en qué consiste el ser británico y lo relaciona con anécdotas casi como la de saberse cuáles son las principales festividades. Alemania, por su parte, opta por una vía pragmática, que consiste en conceder la carta de residente a quien proporciona beneficios económicos. Pero ninguno de los países mencionados, ni tampoco ningún otro de la Unión, que yo sepa, ha entrado en el tema de fondo de los valores religiosos para preservar una Europa cristiana. Tal vez por lo difícil que sería encajar en ese esquema a los agnósticos.
¿Y España? Por una vez, el Spain is different obra por el momento como barrera contra la xenofobia organizada. Aunque solo sea porque en este país resultaría dificilísimo ponerse de acuerdo acerca de cuál es la lengua a aprender y superar mediante un examen, por no hablar de valores más etéreos. La simple idea de entrar a discutir tales criterios llevaría a situaciones de conflicto no sé yo si comparable a los que genera la guerra santa pero tampoco muy alejados de ella. Cosa que no impide en absoluto el que los españoles seamos tan xenófobos como los que más. Pero de una forma mucho más compleja y refinada. Ni siquiera el concepto de "país" podría escapar a los enfrentamientos, por no entrar en el de "nación" o "patria". ¿Por suerte o por desgracia? Ni en eso llegaríamos fácilmente a un consenso. Con lo que tal vez haya que convenir en que España es un excelente terreno de experimentación para el problema de fondo del cruce de culturas, es decir, para el ensayo de la convivencia de quienes no se ponen de acuerdo casi en nada.
El autor es escritor
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