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Reportaje especial
Panamá, viernes 15 de junio de 2007
 

EMBAJADA DE ESTADOS UNIDOS. LA FINCA SOBRE LA AVENIDA BALBOA PERTENECE A PANAMÁ.

Alquiler ‘milenario’ en la mira

En 1938, Panamá le alquiló a Estados Unidos por 999 años el terreno de más de 4 mil metros cuadrados.

La potencia mundial ahora intenta vender o ceder los derechos a un tercero. El Gobierno, en contra.

Gracias al auge inmobiliario, el terreno de la histórica sede de la Embajada de Estados Unidos sobre la Avenida Balboa aumentó su valor. 866031
Santiago Fascetto
sfascetto@prensa.com

Quizás, por primera vez en la historia, la moneda cayó del lado de Panamá. El presidente Martín Torrijos tiene la única llave que necesita el Gobierno de Estados Unidos para sumar a sus arcas alrededor de 16 millones de dólares. Y, por ahora, el Presidente no piensa entregarle el pasaporte al dinero.

El asunto viene de lejos: en noviembre de 1938 el ex presidente Juan Demóstenes Arosemena le alquiló a Estados Unidos, por 999 años, un terreno de 4 mil 851 metros cuadrados sobre la Avenida Balboa, entre las calles 37 y 38.

El inacabable arrendamiento tenía como propósito facilitar la instalación de la Embajada de Estados Unidos, o algún otro edificio relacionado con la representación diplomática.

A cambio, el país del norte le entregó a Panamá 25 mil dólares por única vez.

Desde que se firmó el contrato, tras la sanción de la Ley 40 de 1938, solo han pasado 69 años.

NUEVOS RUMBOS

Ahora el gobierno de George W. Bush decidió trasladar su sede diplomática a Clayton y poner a la venta la finca en la que funcionó por más de 50 años el centro neurálgico del poder norteamericano en Panamá. El precio: alrededor de 16 millones de dólares, según calculó Iván Carlucci, presidente de la Asociación Panameña de Corredores y Promotores de Bienes Raíces.

Pero hay un detalle. Para vender o traspasar los derechos (y por tanto utilizar ese espacio para otro propósito diferente al establecido por la ley) Estados Unidos necesita el visto bueno de Panamá.

Esa es la llave que abre el cofre de los millones. Y la guarda Torrijos.

"Nuestra opinión legal es que no se puede vender ni endosar a un tercero", adelantó en diálogo con La Prensa el primer vicepresidente y Canciller, Samuel Lewis Navarro. "La legislación es clara: la ley le permite [a Estados Unidos] el uso de la tierra solo para que funcione la embajada", agregó.

Las palabras de Lewis Navarro tiran por la borda la posible comercialización de la propiedad. La voz del funcionario, sin embargo, aún no llegó a Washington. El Departamento de Estado anunció en su página web la venta de la costosa superficie el último 26 de mayo.

La oferta no aclaraba que el terreno no le pertenecía. Según consta en el tomo 329 del Registro Público, la propiedad está a nombre del Gobierno Nacional.

A principios de junio pasado, el Departamento de Estado incluyó una aclaración: el terreno no era propio, pero estaba "embargado" por 999 años. Un año menos que la eternidad.

La mudanza de su embajada a Clayton se enmarca en la nueva estrategia de seguridad que Estados Unidos puso en marcha tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Por eso, junto con la panameña, se pusieron a disposición del mejor postor otras 28 propiedades alrededor del mundo.

Si bien todavía el Gobierno norteamericano no informó oficialmente a Panamá sobre sus "intenciones" inmobiliarias, la gestión de Torrijos cortó por lo sano. Aclaró que el terreno no se puede vender ni tampoco traspasar el derecho de uso a un tercero. "Si Estados Unidos hace un análisis legal, le saltará la imposibilidad. El Gobierno no firmó nada legal que le permita la venta o la cesión", señaló Lewis Navarro.

Este diario se comunicó, en varias oportunidades, con la oficina de prensa de la sede norteamericana en Panamá. Tras varios intentos fallidos, al final los funcionarios se negaron a hablar.

¿Comprado?

La historia, a veces, se escribe al revés. Según la página web de la Embajada norteamericana, el Gobierno de Estados Unidos compró la tierra sobre la avenida costanera y luego se la rentó a Panamá. Sin embargo, la Ley 40 de 1938 establece todo lo contrario.

Estados Unidos estrenó el 2 de abril de 1942 la sede de la Avenida Balboa. En total, la potencia mundial desembolsó 366 mil 719 dólares para construir las instalaciones. Según fuentes de la Embajada norteamericana, para finales de julio ese edificio estará vacío.

La nueva ubicación de la legación extranjera será en el ex fuerte Clayton.

Allí Estados Unidos edificó su nueva representación diplomática, que se comenzó a construir el 18 de febrero de 2005. Tiene 12 mil 268 metros cuadrados y albergará a 346 funcionarios. Por eso, en breve el viejo edificio blanco frente a la bahía de Panamá se quedará sin ocupantes.

Entre particulares, este contrato podría ser inconstitucional. Según el Artículo 292 de la Constitución, las limitaciones al derecho de enajenar y las condiciones sobre las propiedades valen hasta por un máximo de 20 años. Los 999 años superarían holgadamente ese límite temporal.

Lo que ayer estaba permitido, hoy está prohibido. La Constitución cambió. Y Panamá también.

Los dos ‘barquitos’ que no resistieron los 99 años

No pudieron surcar las aguas durante 99 años: el océano pudo más que su estructura de madera.

Las dos pequeñas naves que recibió Panamá como único pago del alquiler, por 99 años, del terreno en el sector de La Cresta –corregimiento de Bella Vista– donde se construyó la mansión del Embajador de Estados Unidos, no resistieron el castigo de las olas.

Según informó el Servicio Marítimo Nacional, las embarcaciones T35 y T36 (de 21 metros de largo y 5 de ancho) ya no prestan servicio activo: una se hundió y la otra fue vendida a un operador privado.

Tiempo atrás, las dos pequeñas naves –construidas por la firma estadounidense Brownsville Shipbuilding– llevaban detenidos de puerto Mutis a Coiba. Su motor de 8 cilindros y 230 caballos de fuerza no permitían mucho más.

Pero, ¿cómo llegaron los dos barcos a Panamá? La Ley 32 de febrero de 1951 permitió el canje: casi 100 años de arrendamiento de un terreno de 15 mil 457 metros cuadrados por dos embarcaciones.

Ese lote que canjeó Panamá estaba ubicado justo al lado de otros terrenos que el país entregó en alquiler –por igual cantidad de años– a Estados Unidos, en 1941, para que construyera la residencia de su embajador en el istmo. Uno, de 9 mil metros cuadrados y el otro de 3 mil 900 metros cuadrados.

En total, el país recibió por el largo arriendo de las fincas ubicadas en La Cresta, 20 mil dólares de aquellos tiempos. Y dos "barquitos".

Una propuesta modesta para sumar cultura

Álvaro Uribe
panorama@prensa.com

OPINIÓN. En la carrera por la modernización que ha emprendido la ciudad de Panamá, que es, en gran medida, más de reacción que de iniciativa, nos vamos acercando a un asunto largamente postergado: la recuperación del espacio público -el espacio donde se ejerce la ciudadanía- que está reconocido como uno de los atributos más exitosos en las ciudades contemporáneas por una serie de virtudes que son políticas: es democrático; económicas: incrementa la valorización del suelo; de justicia social: eleva la calidad de vida; y urbanísticas: es sexy.

En esa búsqueda, el aprovechamiento de la Avenida Balboa mediante la ampliación de un parque lineal (cinta costera), puede ser uno de los mejores proyectos para la ciudad, si se atenúa el componente vial y se refuerza el de espacio público recreativo. En este sentido, la reciente disposición que ha mostrado el Gobierno norteamericano de abandonar la sede de su antigua embajada en la calle 37 y Balboa, es una oportunidad excelente para solicitarle la cesión para la ciudad de un edificio (la tierra es de Panamá) que puede convertirse en un centro cultural muy bien ubicado, al frente de parque Anayansi, del monumento a Balboa (y de la cinta costera), al lado del gran espacio abierto del Hospital Santo Tomás, que podría incorporarse, y en una zona donde la identidad de la ciudad se juega cartas importantes: Bahía, Cerro Ancón, Casco Viejo, ante la embestida de inversiones cegatas que nunca vieron el conjunto porque no les interesa. Si, como dice el proverbio alemán, el aire de la ciudad nos hace libre, solicitemos una contribución a la libertad a esa Nación que tanto la aprecia y que seguramente puede valorar también una situación en la que todos salimos ganando. El autor es urbanista



 
 
 
 
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