La cinta costera es una obra en la que se estima se invertirán unos 140 millones de dólares –más de lo que costó el Puente Centenario–, cifra nada despreciable. Si nosotros, los ciudadanos, somos los que terminaremos pagándola, lo correcto es que, por lo menos, estemos de acuerdo en su concepto.
Sin embargo, poco se ha hecho para lograr un concierto, más bien se percibe una sospechosa urgencia en llevar a cabo una licitación sin el aval de la sociedad civil. ¿Cuál es la prisa en endeudarnos con una obra cuyo diseño no goza del apoyo popular?
Pareciera prudente darle más tiempo al proyecto para analizar alternativas, ver propuestas, escuchar más opiniones. Así, no cometeremos el error de la autopista Panamá-Colón, cuando un mal día todos nos enteramos de que se la dieron a una empresa brasileña que hasta subsidios recibirá del Estado. ¿Cómo no hacer negocios en condiciones tan ventajosas? La licitación de la cinta costera parece un típico madrugonazo politiquero a costa del bolsillo de todos. |