| G-8.
Tierra que camina
Carlos Miguélez
El acuerdo de los países del G-8 de reducir en un 50% sus emisiones de CO2 para el 2050 sienta las bases de un marco internacional que permitirá a los gobiernos desarrollar fuentes de energía renovables y dejar de escupir los gases que provocan el efecto invernadero. Por ahora, conviene celebrarlo en tiempos en que las noticias negativas hunden a la sociedad civil en el pesimismo y en el 'irremedismo'.
Los gobiernos de países emergentes, responsables de una gran parte de las emisiones, como es el caso de India y de China, tendrán la presión encima de seguir el camino trazado por el G-8. Sin embargo, no podrán argumentar que tienen derecho a continuar su desarrollo sin preocuparse por controlar las emisiones de CO2, como lo hicieron durante años EU y Europa.
La positiva actitud crítica y analítica de muchos científicos no dejará a un lado otras medidas que tendrán que tomarse para restituir los pulmones del planeta, estabilizar las temperaturas y evitar una "sexta extinción" en la Tierra.
La línea de la sensibilización ha demostrado ser eficaz desde que, hace más de diez años, algunos científicos empezaron a advertir sobre los riesgos de basar el modelo de desarrollo en el consumo de hidrocarburos.
Los gobiernos de los países más industrializados comenzaron a manifestar su preocupación cuando se extendieron los cambios bruscos de las temperaturas, cuando los polos comenzaron a derretirse y aumentó el nivel del mar, cuando se sucedían catástrofes "naturales" y las sequías se convirtieron en una de las principales causas de la emigración.
Los medios de comunicación y los organismos internacionales no han dejado de reproducir cifras y proyectar panoramas de futuro cada vez más negros. Por ejemplo, sabemos que cada dos segundos, el mundo pierde en manos del hombre una extensión de bosque del tamaño de un campo de fútbol. Mañana a esta hora, el equivalente a 43 mil 200 campos y, de aquí a enero de 2008, más de 15 millones si no se reduce el ritmo actual de deforestación.
Estos datos y esfuerzos de difundirlos, como el que ha convertido de Al Gore en una figura respetada en el terreno internacional y futuro Premio Príncipe de Asturias, han dado algunos frutos importantes. Sin embargo, los gobernantes, los empresarios y la sociedad civil global no han sido capaces de digerir estos datos.
Además, el modelo de vida capitalista-consumista no ha dejado de anteponer las cifras macroeconómicas al cuidado del único y verdadero patrimonio que podremos dejarles de herencia a nuestros hijos y nietos.
Junto a la tarea de dar a conocer la realidad, analizar sus causas, diagnosticar, denunciar y hacer propuestas alternativas, convendría bajar un peldaño más hacia la base de todo: la educación.
Nos han repetido hasta la saciedad la consigna de "piensa global, actúa local", pero quizá sea tiempo de probar lo contrario: ver en cada microcosmos el reflejo de lo que pasa en el mundo y actuar a nivel global. Para empezar, trabajar en una directriz global en materia educativa que ofrezca una mirada distinta del medioambiente. Una mirada desde dentro y no la que percibe a la Naturaleza como objeto de estudio.
Todas las especies animales han producido, desde hace millones de años, el CO2 que las plantas convierten en el oxígeno que respiramos cuando lloramos y luego volvemos a expulsar. Nuestra lágrima se evapora después para entrar en el ciclo del agua, que bebemos con saciedad porque somos agua en un 70%. Nuestra piel, nuestros órganos están hechos de los mismos elementos químicos que componen las cortezas de los árboles, la tierra, la piel de los animales y las plantas. Y cuando suspiramos por última vez, los nitratos de nuestro cuerpo alimentan la tierra que da a otros de comer.
El autor es periodista
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