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Reportaje especial
Panamá, jueves 14 de junio de 2007
 

LA EVOLUCIÓN DE NUESTRA PATRIA.

Se pierde el encanto

Gilberto Arosemena Callan

Nuestro Panamá es un país hermoso. Bendecido por el Todopoderoso con una naturaleza envidiable por cualquiera de este y otros mundos. Pero lo que más ha hecho de Panamá su insignia desde hace más de cien años, proviene de su gente. Los panameños somos el imán que ha creado un país especialista en la atracción de personas e inversiones de alrededor del globo.

Hoy en día estamos viviendo un momento histórico, en el cual nuestra Patria es la más aclamada, y muchos están recibiendo los frutos de ello. Lo ideal fuera que esta racha siguiera creciendo y extendiéndose hasta llegar a todos los sectores, tocando la puerta de todos los panameños y residentes de este país con una cajita llena de éxitos y bendiciones. Yo, como muchos más, lo anhelo con verdadera fe, y sé que es posible. Empero, existe otro lado de este fenómeno, que no es bonito, y cada día se pone más grande, más grave y más feo.

Recuerdo desde los tiempos en que en la ciudad de Panamá rondaban en cada esquina los "gringos". Estos militares de las fuerzas armadas de Estados Unidos que vivían en nuestro país en muchos casos con sus familias, siempre hablaban de la gentileza del panameño. Se referían, como algunos hoy día aún lo hacen, a cómo nosotros siempre estamos pendientes para ayudar, trabajar y brindar una radiante sonrisa como muestra de amistad. A mí esto siempre me llamaba la atención, pero hoy día me da la impresión de que no es así. Ya no veo a la gente sonriendo en las calles, con ganas de trabajar, y mucho menos de ayudar a los demás.

Lo que veo hoy en día son personas vociferando obscenidades en las calles, desechando los envoltorios de la comida y los vasos de soda por la ventana de los autos. Veo mucha corrupción, mucha inseguridad y muchísima violencia. Pero, ojo, no se le puede echar toda la culpa al Gobierno como hace la mayoría de la sociedad.

¡No! Si seguimos pensando así no vamos a mejorar nunca. La culpa la tenemos todos nosotros, los ciudadanos de Panamá.

A través de la educación le podemos enseñar a nuestros hijos y subsiguientes generaciones la importancia de los valores, para que se inculquen y desarrollen en nuestra sociedad panameña. Siento que ese sentido de educación ya no está presente como antes.

Creo que el hecho de que hemos dejado de actuar como sociedad en contra de los comportamientos inapropiados, ha permitido que la situación se salga de contexto. Tanto así, que cada día vemos que existen más personas mal educadas.

Hace unos días, un cliente extranjero me preguntó qué sucedía en mi país, que por qué había cambiado tanto. En ese momento me di cuenta de que no eran ideas mías, sino que se trata de una realidad, y es nuestro deber corregir esos comportamientos negativos, lo antes posible.

Reitero, a pesar de estos obstáculos, estamos viviendo un momento importante en la evolución de nuestra Patria. Tenemos una política más que menos estable, una economía pujante, en crecimiento; la ampliación de nuestra maravilla hacia al mundo; el saneamiento de la bahía; edificios altos, hermosos y modernos; deportistas reconocidos a nivel internacional, y todavía un gran sentido de patriotismo que nos va a salvar y ayudar a seguir el moméntum.

Para que esto siga así y funcione, pongámosle punto final a la tiradera de piedras y protestas "pacíficas", a las mancomunadas infracciones de tránsito, las groserías, el crimen y la violencia entre otros. Aprovechemos la situación para ayudarnos y mejorarnos en todos los aspectos, pero especialmente, en el que vale más que todos: el honor.

Es nuestro encanto lo que nos ha dado la oportunidad que estamos experimentando. Pero si se pierde el encanto, se pierde la oportunidad. Por favor, no perdamos el encanto.

El autor es abogado



 
 
 
 
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