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Panamá, domingo 10 de junio de 2007
 

CONMEMORACIÓN.

El pueblo y la Cruzada Civilista

Miguel A. Espino Perigault
miguelespinop@hotmail.com

Ha sido muy justo identificar la conmemoración del vigésimo aniversario de la Cruzada Civilista con el homenaje a don Alberto Conte, precursor y uno de los pocos auténticos héroes reconocidos de esa gesta con la cual se fusionaron luchas previas ignoradas y silenciosas que llevaban adelante hombres como él. Mas, al formarse la Cruzada, el protagonista principal fue el pueblo mismo, integrado por hombres y mujeres sin rostro, ni nombres ni apellidos, quienes llenaban las calles, días tras días, exponiendo sus vidas, aunque no tenían nada que ganar, salvo, quizá, el derecho de seguir siendo pobres; pero en libertad.

Alberto Conte, en cambio, tenía mucho que perder, y lo perdió todo: la salud, por las torturas recibidas; sus bienes materiales, por los saqueos de parte de sus perseguidores, y finalmente, en estos días, la propia vida, quizá lesionada de muerte desde entonces.

Su vida y su muerte son dignas de recordación en ese sentido; aparte de sus méritos personales humanos que conservarán en el recuerdo su familia y sus amigos. En aquella gesta que hoy recordamos, Alberto Conte ocupa el sitial del ciudadano con nombre, de la persona reconocida social y públicamente por sus acciones, por sus actividades profesionales. Se había acercado, también, a la actividad política, para recibir, en pago, tanto él como su esposa, las amarguras y decepciones que suelen acompañar a quienes recorren ese camino con integridad moral.

Quizá fueron esta fuerza moral y esos conocimientos los que despertaron contra él los más grandes temores y el odio de quienes medran en las dictaduras, y despertaron también, esas cualidades, el miedo de muchos conocidos suyos, quienes lo dejaron solo.

El pueblo anónimo iba a responder con heroísmo al llamamiento de los voceros de la Cruzada Civilista, los candidatos presidenciales despojados del triunfo por el fraude. Así, centenares de activistas anónimos, surgidos en todos los barrios y calles, movilizaban a millares de hombres y mujeres, sobre todo de jóvenes, en grandes manifestaciones, sin banderías políticas y sin violencia; solamente con pura energía cívica desbordada y contundente. De un lado Conte y otras víctimas más o menos reconocidas, y del otro, ese pueblo sin rostro y sin nombre que derramó su sangre, sus sudores y sus lágrimas en las calles y callejones de la ciudad ocupada por el ejército de la dictadura.

Hay muchas cosas que se deben decir aún de la Cruzada Civilista, y de los movimientos previos, tanto próximos como lejanos (El Movimiento Cívico Religioso, las luchas de los educadores, y otros), y de la labor silenciosa y oculta de muchas víctimas anónimas, sin coberturas en los medios. No debemos olvidarlos, ni olvidar al pueblo que hizo posible el triunfo, cuando hoy se mencionan y revelan numerosos nombres y hechos, meritorios algunos; sin mérito alguno, otros.

La ausencia de Alberto Conte hace posible que se le vea en una perspectiva más justa como adalid del civismo, más allá de los juicios y de los prejuicios que alteran la imagen de los hombres que se destacan en las actividades de lo político y lo social. Su trayectoria como persona, como ciudadano y como profesional, lo exponen como un auténtico ejemplo de patriotismo, cuya trayectoria cívica ayuda a entender el significado de la Cruzada Civilista.

El autor es comunicador social



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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