La protesta es un derecho que le asiste a cualquier ciudadano. Cerrar calles es una forma, pero no es la única, y la experiencia claramente nos ha enseñado que lo que provoca no es empatía, sino rechazo y disgusto, porque esa libertad tiene un límite perceptiblemente marcado por el derecho de terceros. Pero, lo que afrontamos en cada manifestación –organizada por obreros, por jubilados, por profesionales o por estudiantes– está lejos de ser el ejercicio de un privilegio ciudadano, ya que invariablemente hay ajenos perjudicados.
Lo que han hecho algunos estudiantes en los últimos días fue pisotear a gente que sufre por lo que ellos supuestamente dicen protestar. Actuaron como una banda: destruyeron propiedades y causaron un terrible caos en la ciudad y, encima, echaron a perder la celebración de los 100 años de fundación del Instituto Nacional, el glorioso Nido de Águilas cuya historia se ha escrito con sangre.
Los ciudadanos inconformes tienen que aprender y respetar una lección de civismo: las libertades no están por encima del resto de la sociedad. |