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Panamá, domingo 3 de junio de 2007
 

EMBRIONES DE TOTALITARISMO.

Como en aquellos tiempos

Bertilo Mejía Ortega

Muchos no nos explicamos por qué siendo el Partido Revolucionario Democrático uno de los más favorecidos con la adhesión de cientos de miles de panameños y panameñas, y, supuestamente inmerso en un proceso de rectificaciones para alejarse de aquellas prácticas que en el pasado lo convirtieron en cómplice de las tropelías del dictador de turno, haya echado mano a estrechos colaboradores del nefasto régimen de Manuel Antonio Noriega, para las tareas de gobierno.

Es indudable que está fresca en la memoria de la colectividad la peor etapa de la tiranía militar protagonizada por Noriega, con la aquiescencia de civiloides y uniformados que se prestaron para macabros actos traducidos en rapto, torturas, fraudes, asesinatos, narcotráfico, peculados y toda clase de porquerías.

Ellos llevaron al país a la ruina moral, social, política, económica, fiscal y administrativa, negándole al panameño el derecho a rescatar la red pública, la democracia y la libertad, cuando en 1989 se empeñaron en no aceptar y respetar el pronunciamiento popular en las urnas.

Éstos prefirieron masacrar, inclusive, a sus compañeros de armas, tal como ocurrió con Moisés Giroldi y otros, y seguir al lado de un comandante corrupto y corruptor, antes que salvar a la institución denominada "Fuerzas de Defensa" del vergonzoso desprestigio que la liquidó para siempre.

La sabiduría popular presiente que en cada militar que apoyó a Noriega, hay un embrión de totalitarismo, un monstruo interno que no sale a la luz porque las circunstancias no lo permiten; porque el panameño piensa diferente a los venezolanos que eligieron Presidente a un tigre creyendo que se había convertido en vegetariano. Porque hay medios de comunicación y conspicuos ciudadanos defendiendo la democracia y sus virtudes.

En muchos de ellos, sin embargo, vibra el "feliz" recuerdo de aquel panegirismo ladino de las plumas genuflexas que ensalzaba al encumbrado; las facilidades que las alturas permitían para adquirir fincas y mansiones como "La Escondida", con calles de asfalto patrocinadas con los recursos del Estado; los viajes de placer de familiares y allegados, que los llevaban donde quisieran a costa del erario público; los cartuchos de dinero que con tanta facilidad pasaban de mano en mano y, entre tantos otros vicios, el acceso a dineros del narcotráfico y de otras procedencias que les permitían cambiar de condición económica en tiempo récord.

Esos tiempos se han ido, pero están allí los contaminados de aquel oscuro e impune pasado. Los que vieron cambiar de "presidentes" cada uno o dos años, según lo dictara el comandante; los que jamás sintieron una Contraloría fiscalizando el gasto público; los que nunca vieron a un Ministerio Público esclareciendo las muertes de las víctimas de la tiranía; y los que saborearon la "felicidad" de gobernar con los medios de comunicación secuestrados, aun a costa del sagrado derecho a la libertad de expresión.

Allí están esos mismos que el dictador señalaba como "peores" cuando sentía la presión popular que anhelaba expulsarlo del poder malhabido. Pretendía lanzar el mensaje que era preferible que gobernara él a que lo hicieran los embriones enquistados en la oficialidad a su servicio.

Siempre hemos creído que las altas posiciones públicas deben estar en manos de preclaros ciudadanos, de funcionarios con méritos personales y profesionales dignos del respeto y la admiración popular; con solvencia moral incuestionable, con honestidad comprobada y pundonor que los convierta en paradigmas para las presentes y futuras generaciones.

El autor es educador y fue legislador de la República.



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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