¿Paranoia antiterrorista o última línea de defensa?
El Estado alemán se ha esmerado hasta la obsesión en blindar el espacio físico de la cumbre. Para algunos, exagera.
Aunque no hay indicios claros de posibles atentados contra la próxima cumbre del Grupo de los Ocho (G-8) en el balneario báltico de Heiligendamm, las autoridades alemanas han puesto en marcha medidas de seguridad descomunales. Tan solo la valla de 13 kilómetros de extensión y 2.50 metros de altura levantada alrededor de la sede de la reunión pone de manifiesto visiblemente la preocupación del Estado alemán por la seguridad de la magna cita.
El secretario de Estado del Ministerio del Interior y ex jefe del servicio secreto exterior alemán, August Hanning, y el presidente del servicio de inteligencia interno, Heinz Fromm, han advertido de que existe el riesgo de que se realicen acciones violentas para perturbar la reunión de los jefes de Estado y de gobierno de las siete naciones más industrializadas más Rusia, que se realizará del 6 al 8 de junio.
También ha mostrado su gran preocupación el director de la Policía Judicial alemana, Jörg Ziercke, al señalar que últimamente ha habido una escalada de actividades violentas relacionadas con la próxima cumbre del G-8. Ziercke dijo al diario Frankfurter Rundschau que los activistas anti G-8 han dejado claro en comunicados su intención de impedir la celebración de la cumbre.
"El Estado se ve obligado a actuar contra esa amenaza", subrayó el jefe policial alemán. Los recientes atentados incendiarios cometidos en Hamburgo y Berlín, atribuidos a elementos izquierdistas, parecen justificar esta preocupación.
Hace algunos días, al presentar el nuevo informe del servicio de seguridad interno, el ministro del Interior alemán, Wolfgang Schäuble, se refirió expresamente a las actividades de grupos de la extrema izquierda y de miembros potencialmente violentos del movimiento antiglobalización.
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