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Lavemos nuestras penas
Gladys de Bernett
Sosegado es el velatorio que a mis ojos llena en el fondo de agreste lejanía y prendida del hombro a serranía pasa el viento sibilante con el castigo impuesto por autoridad legítima al que ha cometido un delito o una falta grave y le recuerda que: "Lavemos nuestras penas". La luciérnaga con vuelo trashumante describe una mínima saeta o una lágrima errante. La tarde, en oro vago del estío, me trae dulcemente la fragancia de los años de mi infancia sobre las quietas márgenes del río. Una pena diferente como la de las aves que las colocan en las extremidades de sus alas o en el arranque de las colas y que sirven para dirigir el vuelo y recordarnos que es obligatorio que: "Lavemos nuestras penas". La luna bullidora de mis años recoge aromas, cosas fenecidas, figuras inocentes, por el tiempo al cambiar los años. Me parece oír las voces de las gentes, entonces, juveniles. Aquellas que a mis oídos repetían constantemente: "Lavemos nuestras penas". En el cesto del tumbo cristalino otra vez, pensativa, a paso lerdo recorro la vejez de mi camino. Absorta, por la ausencia de mis viejas que como bastoncito lazarillo nos llevan de la mano para que: "Lavemos nuestras penas".
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