| SOLUCIÓN.De cuatro, solo una promesa se ha cumplido, la del agua.
La frontera de las promesas
El presidente de la República, Martín Torrijos, no ha cumplido con lo que le prometió hace 15 meses a los habitantes de Jaqué. Los centros educativos de las comunidades de Guayabito y Cocalito siguen esperando la construcción de una escuela digna.
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| Entre naturaleza muerta, machetes, artículos deportivos y frascos vacíos, los niños le dan vida a la esperanza en la comunidad de Cocalito, la última antes de llegar a Colombia.856568 |
Paco Gómez Nadal
nacionales@prensa.com
"No señor. Aterrizar no aterriza el avión, la pista está inundada y tendrán que ver cómo se movilizan hacia Puerto Piña, que allá la pista sí está buena".
El diagnóstico lúgubre lo da el solitario empleado de Aeroperlas en Jaqué (Darién) a los sudorosos viajeros en esto que llaman aeropuerto y que no es más que hierba crecida donde corretean algunos patos aprovechando los charcos heredados de la tormenta darienita que cayó la noche anterior.
La escena se produce el 17 de mayo de 2007, 15 meses y 13 días después de que, el 4 de febrero de 2006, el presidente de la República, Martín Torrijos Espino, pronunciara estas solemnes palabras en Santa Fe: "Darién deja de ser una provincia olvidada para convertirse en un polo de desarrollo".
En concreto, y refiriéndose a Jaqué, la frontera real aunque no geográfica con Colombia en el Pacífico, aseguró: "Para que vean que no es cuento, (…) hay que estar pendiente para que los primeros quince días de marzo [de 2006] tengamos ya la licitación del aeropuerto de Jaqué.
Y también cerca del área de la frontera, en la escuela de Guayabito, se hizo la licitación, pero no participaron.
Voy a ver si conseguimos una excepción de licitación para que podamos adjudicar directamente a una compañía".
Secuestro y abandono
Las declaraciones se producían en un contexto muy especial. Días antes habían sido secuestrados dos españoles a pocos minutos de Jaqué y los medios de comunicación nacionales e internacionales denunciaban el abandono y la pobreza en esa zona costera donde el olvido convive con la desidia y con el desplazamiento forzado arrastrado del país vecino.
Las promesas proliferaron entonces y los habitantes de Jaqué las creyeron. Primero las escucharon por televisión, después fue en la voz propia del Presidente, cuando éste viajó a la zona el 22 de agosto de 2006 a inaugurar como propio un proyecto de agua potable financiado y desarrollado por la Organización Internacional de las Migraciones (OIM).
No era mucho. La reparación del desastroso aeropuerto, la reparación del sistema eléctrico y de plomería del centro de educación básica general, la dotación de medicamentos parea el centro de salud y la planta purificadora de agua.
De cuatro, solo una promesa se ha realizado -la del agua-. El resto no está igual que a principios de 2006, sino mucho peor, porque en esta selva húmeda y lejana todo se estropea a mayor velocidad.
Sin pozo séptico
Las niñas y niños de la escuela deben ir al "monte" a hacer sus necesidades o pedir el favor a algún vecino porque el pozo séptico de la escuela está saturado y la energía se traduce en unos tubos y cables por los que no pasa corriente eléctrica.
El centro de salud sigue trabajando en la precariedad habitual para atender no solo a Jaqué sino a las comunidades de ríos y mar en las remotas giras médicas.
Y, en general, el pueblo está condenado a esperar el barco que trae gentes y mercancías revueltos para sentir que existe porque acá todo llega desde la capital, desde el arroz hasta la harina. De hecho en estos días ni gasolina, ni ají, ni cerveza se conseguían porque el barco solo zarpa de ciudad de Panamá cuando ya no le cabe un alfiler.
¿Organizar la violencia?
Ante el abandono reiterado y la falta de confianza en representantes y políticos, 163 vecinos de Jaqué le enviaron una carta abierta al presidente Torrijos el 21 de marzo de este año.
No han recibido respuesta a sus preguntas, que no eran cómodas pero sí necesarias: "¿Es esta ausencia de la presencia gubernamental el reflejo de las políticas estatales?¿Existe una verdadera discriminación Geográfica o etnocultural que nos excluya de ser estado panameño?. ¿Existe un verdadero deseo, en el seno del gobierno, de eliminar las causas de pobreza, hambre y miseria que azota a este pueblo? O es quizás que: ¿tendremos que organizar la violencia y hacer el ‘escándalo del bien’ para justificar la coexistencia entre la opulencia y la miseria que lesionan la dignidad humana?".
Más lejos, menos ayuda
Sin cartas, pero con la misma desesperanza, se expresan los vecinos de Guayabito y Cocalito, los dos últimos poblados panameños antes de cruzar la frontera por mar.
En Guayabito, Roberto Mohamed, un maestro veragüense que lleva cuatro años tratando de ser maestro en este paraíso natural e infierno humano, trata de acomodar a sus 23 alumnos en el piso del rancho de madera que alguna vez soñó con ser escuela.
"Desde hace tres años llevó escuchando que se va a construir la escuela. Incluso, hicieron mover a un señor del terreno donde supuestamente la iban a levantar", explica el maestro. Sus problemas no son solo de bloques, sino de las cartillas multigrado que le entregan incompletas, de la falta de mobiliario y "del hambre con el que llegan los muchachos".
Frente al rancho-escuela, el monumento a la incoherencia, una lancha inmensa que donó la policía a la comunidad después de confiscarla a algún narco y que jamás a navegado porque no hay quien pague el motor que necesitaría.
La escuela se cae
Algo parecido ocurre más al este, en Cocalito, donde 11 familias indígenas subsisten vendiendo pescado a Colombia. Allá, la escuela tiembla porque los horcones ya están podridos. "un día se nos van a matar los niños, pero nosotros como que importamos poco ¿si o no?", inquiere Edore Pacheco ‘Pilacho’, el líder de la comunidad.
Las infraestructuras prometidas no han llegado y ese incumplimiento se suma a la lista de desagravios de estas gentes: falta de oportunidades de trabajo, ausente atención médica, inseguridad, falta de patrullaje de la policía fronteriza…
La lista es larga y la desigualdad evidente. Después de luchar por un cupo en un bote a Bahía Piñas, a donde si llega el avión, el viajero desembarca y pisa la pista de aterrizaje que separa el abandono de la opulencia. Perfectamente pavimentada y señalizada -y con un proyecto en curso de ampliación para recibir vuelos internacionales-, el aeropuerto de Piñas ejerce de infraestructura privada para el Tropic Star Lodge, un exclusivo hotel para pescadores deportivos donde cuatro días de alojamiento y pesca cuestan 8 mil dólares por pareja, sin incluir el transporte aéreo.
Una pequeña Terminal que mantiene el Tropic recibe a un grupo de uniformemente obesos estadounidenses felices por la estadía. Beben cerveza fría mientras esperan los dos vuelos charter fletados por el hotel.
Los locales y visitantes se conforman con el vuelo regular que va atestado y que este invierno pocas veces aterrizará en Jaqué.
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