BUSCADOR
  Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Suscripciones | Portadas PDF | Titulares por e-mail | Contáctenos
  EL IMPRESO  
Hoy por hoy  
 
   
  Opinión  
  Perspectiva  
  Deportes  
  Mundo  
  Economía y Negocios  
  Vivir +  
  Reseña  
  Sociales  
  Horóscopo  
     
  SUPLEMENTOS  
  Ellas Virtual  
  Martes Financiero  
  Aprendo Web  
  Reseña Empresarial  
Pulso de la Nación
  SERVICIOS  
Titulares por
e-mail
Columnistas
Guía del sitio
Tarifas
Dosieres especiales
¿Quiénes somos?
Contáctenos
  TIEMPO LIBRE  
Turismo
De interés
Cartelera de cines
De noche
 
  PÁGINA DEL LECTOR  
Porque nuestros lectores sí cuentan
  CANALES  
Salud
Psicología
Psicología sexual
Bebés
Hogar
Mascotas
Tecnología
Cine
Libros
Farándula
Discos
Reportaje especial
Panamá, lunes 28 de mayo de 2007
 

MADRID.

Los pobres ecológicos y la salud pública

Carlos Rodríguez Braun

La escritora Lucía Etxebarría, para apoyar sus ideas sobre el cambio climático, cita a Ricardo Carrere, coordinador internacional del Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales. Don Ricardo felicita a los países subdesarrollados, porque no tienen coches, ni urbanizan, ni contaminan; así los saluda: "Bienaventurados los pobres que no producen el cambio climático". No es necesario ser de izquierda ni políticamente correcto para tener simpatía por los pobres, pero la verdad parece ser la contraria de la que proclama el señor Carrere.

En efecto, la mayor contaminación de los países ricos es sólo relativa: si comparamos la contaminación con la economía de los países, entonces los menos ecológicos son, con mucha diferencia, los países pobres.

No es casual que estos países no hayan firmado el protocolo de Kioto: serán pobres pero no son idiotas, y saben que ese tipo de medidas frenan el crecimiento. Y es precisamente el crecimiento, asociado al capitalismo y a la libertad, lo que el pensamiento único pseudo progresista abomina: de ahí la expresión "urbanismo salvaje", que tanto gusta al diario El País, y que evoca el "capitalismo salvaje", clásica consigna de quienes jamás se preguntaron por lo salvaje (y contaminante) que puede ser el no capitalismo.

Hablando de salvajes, el mito del buen salvaje late detrás de esta absurda idea de idolatrar a los pobres por serlo. Benditos, dice el señor Carrere, porque no tienen coches ni casas. Mejor sería, en cambio, que los tuvieran, porque ello indicaría que dejan atrás la pobreza y, en ese proceso, además, podrán llegar a contaminar relativamente menos.

La salud pública. Don Gregorio Peces-Barba negó que la sanidad en España sea mala: "eso sólo lo dicen los que quieren privatizarla".

Una antigua ficción de los antiliberales es creerse éticamente superiores. Por eso las defensas de "lo público" suelen combinar dos mensajes: que lo público está bien, y que la privatización beneficia sólo a unos intereses malvados y egoístas, que por eso la propician.

Es absurdo defender la sanidad pública alegando que es buena y ha mejorado. Por supuesto que es buena y ha mejorado: en caso contrario la privatización habría ganado tantos adeptos que podría presentarse como una alternativa política poco discutible. La cuestión de "lo público" debe lógicamente pasar por otras dos dimensiones, la instrumental y la doctrinal.

En términos instrumentales, la pregunta es si la redistribución coactiva de la renta para financiar la sanidad pública no es más costosa que lo que sería esa misma redistribución si la sanidad fuera privada. Esta es la dimensión mayoritaria, la única que aceptan discutir los liberales que presentan a la libertad como si fuera un medio, como si fuera una cuestión de eficiencia y costo. El argumento instrumental es convincente, porque parece indudable que la libertad es más eficiente que la burocracia, y que la privatización, suponiendo libre competencia, reduce los costos para los ciudadanos.

La segunda dimensión es la de los principios, que cuestiona no el costo sino el hecho mismo de que el Estado les quite el dinero a los ciudadanos para suministrarles, u ocuparse de que alguien les suministre, servicios de salud.

En ambos casos se puede pedir la privatización sin que valgan las objeciones, porque la calidad de la sanidad pública no es razón suficiente para que siga siendo pública, y porque puede demostrarse que la privatización beneficia a los usuarios y no sólo a los oferentes privados.

Firmas Press. El autor es economista argentino. Profesor de Historia de la Economía en la Universidad de Madrid y colaborador habitual del diario Libertad Digital.



 
 
 
 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
Advertencia: Todo el contenido de www.prensa.com pertenece a Corporación La Prensa S.A. Razón por la cual, el material publicado no se puede reproducir, copiar o transmitir sin previa autorización por escrito de Corporación La Prensa S.A.
Le agradecemos su cooperación y sugerencias a internet@prensa.com y Servicio al Cliente.
En caso de necesitar mayor información accese a nuestra biblioteca digital o llámenos al 222-1222.
Corporación La Prensa: (507)222-1222
Apartado 0819-05620 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá