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Panamá, viernes 25 de mayo de 2007
 

ÉPOCAS.

La velocidad de los cambios

I. Roberto Eisenmann, Jr.

He recibido por internet lo que sigue a continuación, y adiciono algunas observaciones propias.

Un nieto -interesado en las opiniones de su abuelo- le pregunta sobre la violencia actual y los asuntos en general.

El abuelo (cuya edad conocerás al final de este escrito) le contesta: "Primero, déjame darte el contexto: yo nací antes de la televisión… de la penicilina… la inoculación contra el polio… Xerox... los lentes de contacto… la píldora… las tarjetas de crédito… los láser... los bolígrafos. No se habían inventado las lavadoras de ropa ni las de platos; ni hablar de llegar y caminar sobre la Luna. Tu abuelita y yo nos casamos primero y vivimos juntos después. Todas las familias tenían un papá y una mamá. Nuestras vidas las gobernaban los 10 Mandamientos, el buen juicio y el sentido común. Sabíamos la diferencia entre el bien y el mal y nos responsabilizamos por nuestros actos. Las comidas se daban en medio de sabrosa conversación, ya que no existía la ‘comida rápida’. Existía esa costumbre muy humana de conversar mirándonos a los ojos… no por correo electrónico frío, mecánico y despersonalizado. Los discursos de los políticos los escuchábamos en las plazas… y después adicionalmente por la radio AM. No existían las estaciones FM, CD, máquinas de escribir eléctricas, yogurt… ni hombres luciendo aretes. No recuerdo jamás a un joven matando a sus compañeros de escuela, ni pegándose un tiro. Las armas eran para cacería... y el producto era para comérselo. Los productos que tenían el sello made in Japan eran todos una porquería que nadie quería. McDonald, Pizza Hut y el café instantáneo no existían. Había un almacén ‘5 y 10’ en el que se podían comprar cosas por 5 y 10 centavos. Un helado o una Pepsi, costaban un real o níckel. Mi primer carro nuevo costó $800 y demoramos mucho tiempo ahorrando para poder comprarlo".

Si fuera yo el abuelito, le agregaría: la primera casa propia que tu abuelita y yo compramos en el sector del aeropuerto de Paitilla costó $12,000 y la compramos con primera y segunda hipotecas. La gasolina estaba carísima: ¡valía 11 centavos el galón! En nuestra época "yerba" era lo que se cortaba en el jardín. La marihuana era una cosa que consumían solo los peores (la "escoria" de la sociedad, los "maleantes"); "marihuanero" era el peor de los insultos. "Coca" era solo una soda. Hardware era lo que se compraba en la ferretería y software ni siquiera era una palabra.

En mi época una mujer necesitaba tener marido (formal o informal) para tener hijos. Una barriga de sorpresa garantizaba el tener que contraer matrimonio para conservar el honor, tanto de la futura madre como del futuro padre, y el de los padres de lado y lado de los muchachos involucrados. Se aprendía leyendo libros y nuestros maestros y maestras eran respetados, queridos, y los considerábamos los ciudadanos ejemplares del pueblo.

Bella Vista era bella. Punta Paitilla era un monte adonde íbamos de cacería. La playa era la de Bella Vista, al lado del hoy Miramar. El ganado de sacrificio venía por barco, lo tiraban al mar y al llegar a la playa lo esperaban vaqueros que lo enlazaban, lo montaban en camiones y llevaban al matadero; en ocasiones se escapaba alguna res y había "¡toro suelto!" en Bella Vista. Los pollos se compraban vivos y se mataban y preparaban en casa. No existían supermercados, sino tiendecitas de barrio.

Volviendo al inicio de este escrito… el nieto interrumpe y pregunta "Abuelo, pero ¿cuántos años tienes tú?"… "acabo de cumplir 59" -contestó el abuelo (un "chiquillo", para el abuelito que firma este escrito).

Me pregunto ¿cómo será el mundo cuando el nieto cumpla 59, y sostenga esta misma conversación con su nieto?

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana



 
 
 
 
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