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Reportaje especial
Panamá, jueves 24 de mayo de 2007
 

CUANDO EL HAMBRE ATACA.

Desnutrición: descubriendo el Mar del Sur

Javier Barrios D.

Nuario, pequeña comunidad ubicada en tierras altas de Las Tablas, contó con carretera en 1976, con acueducto en 1978-80 y luz eléctrica en 1998. Hasta entonces, tomaba seis horas a caballo viajar a Las Tablas, el agua se obtenía directamente de los manantiales, de noche usábamos "guaricha" y linterna y carecíamos de letrinas. Había pobreza, aunque cada familia (salvo tres), unida por vínculos económicos hasta bien avanzada la proliferación de nietos, tenía sus "vaquitas". Mis abuelos paternos se radicaron allí en 1913, donde residimos hasta 1972, cuando mis padres, cansados de esperar el progreso, y coincidiendo con la culminación de mis estudios universitarios, decidieron emigrar.

En Los Santos ha prevalecido históricamente una distribución más equitativa de la riqueza (llámese tierra), lo que, aunado a factores culturales, le permite ostentar mejores indicadores sociales que las otras provincias, todo lo cual, con la aparición de los "nuevos ricos" y nuevos pobres inmigrantes, pudiera deteriorarse. En el marco de lo expuesto, sostengo que el mejor legado de mis padres, además de los principios y valores que me inculcaron, fue -eso creo- una buena alimentación, por lo cual se desvivía "Mama Ia" que, gracias a Dios, aún vive. Este elemento y el hecho de que la escuelita multigrado (hasta 4º solamente) funcionaba en nuestra casa, debieron motivarme a ser el primero, en esa comunidad, en salir a cursar estudios secundarios y universitarios.

No tuvo la misma suerte un niño que trasladé al hospital casi en coma, hace algunos años cuando regresaba del proyecto donde trabajo. Parecía de cuatro años, aunque tenía seis, y mostraba un semblante de color "verdeamarela" y la panza abultada. Al llegar al hospital le pregunté al médico: ¿qué le pasa?... a lo que me contestó: si tiene cuatro de hemoglobina le doy un centavo, y agregó, está muriendo de desnutrición. Resultó con tres de hemoglobina, ¡pero lograron salvarlo! A sus padres no les permitieron verlo más, porque no solo estaba muriendo de hambre, sino del maltrato. Lo peor que puede ocurrirle a un ser humano es crecer (si es que crece) mal nutrido. Una vez es víctima de este flagelo, las demás "pestes" llegan por añadidura, pues esta escoria es la madre de todos los males; a lo que hay que agregar la baja calidad de los servicios de salud y de educación, si es que tiene acceso a ellos. Pero el hambre es efecto, no causa, hija legítima de un sistema terriblemente injusto, donde, como decía O. Torrijos, "mientras unos mueren de hambre, otros mueren de indigestión". En efecto, mientras en el mundo mueren de hambre anualmente casi 6 millones de niños (el doble de la población de Panamá) y pululan por allí unos 145 millones más; las tres personas más ricas del planeta tienen el mismo capital y renta de los 45 países más pobres; el gasto en las mascotas en EU casi iguala el PIB de Panamá; las potencias mundiales gastan miles de millones de dólares en guerras y banalidades; en los países en desarrollo, con la complicidad de organismos internacionales, reina el derroche, la corrupción, la ineficiencia y la negligencia en la utilización de los recursos estatales, y la Iglesia sigue orando, pidiendo resignación y construyendo monumentos históricos. Todos ellos, usted y yo, aceptamos esta calamidad, deportivamente, como algo normal, y seguimos tratando el tema con paños tibios y paliativos.

Diversas organizaciones sin fines de lucro subsisten recaudando fondos para los pobres; los empresarios y gente común hacen donaciones para estas causas (¿publicidad, tranquilizando conciencia?), pero para qué ir tan lejos, cuando la pobreza está en "casa" (en la doméstica, el jardinero, el chofer, los obreros, la familia cercana, etc.). ¿Queremos ir lejos?, entonces seamos diferentes (¿revolucionarios?... ¡no hay solución!).

Cuando un extraño llega a nuestro país, en asuntos de negocios, de compras o de turismo; entra al aeropuerto, lo trasladan por el Corredor Sur a un buen hotel, se va de shopping mall, observa los rascacielos y viaja a algún hotel de playa por las autopistas y vías ampliadas, se hace la idea de que en Panamá no hay pobreza. ¡Chiste cruel!...no se imagina cuán desastrosa distribución de la riqueza ostentamos, aunque no debe extrañarnos, pues muchos connacionales también sufren de "ceguera".

¡Cuánta indiferencia!, ¡cuánta desidia!, ¡cuánta injusticia!... ¡qué vergüenza!... y después no entendemos, cómo, de repente, alguien se vuelve loco y comienza a disparar indiscriminadamente a la muchedumbre, o por qué "Lole" gana las elecciones presidenciales. Recientemente en nuestro país se armó una alharaca por la muerte, por desnutrición, de tres niños en Darién… ¡vaya primicia!, descubrieron el Mar del Sur.

El autor es economista



 
 
 
 
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