| EL MALCONTENTO.
La finca de los capitalinos
Paco Gómez Nadal
Las distancias son relativas. A veces, estamos más cerca de la Patagonia o de Nueva York que del vecino sobre el que caminamos todos los días. Los seres humanos plantamos distancias como los campesinos siembran semillas: decidimos el metraje de las brechas emocionales y lo traducimos en discriminaciones políticas, sociales y económicas.
Panamá, un país pequeño y a la mano, parece una pampa inmensa, un continente plagado de olvidos injustos y, por tanto, violentos. El interior del país es el exterior galáctico, terreno para cosechar votos y para concretar olvidos. Todo ello aderezado por los tópicos e imaginarios de quienes, desde la ciudad, ven el mundo desde una ventana con aire acondicionado. Y "desde la ventana", me dijo hace poco un taxista, "no se ve nada".
Cuando uno sale de la capital, encuentra una ejército de funcionarios-botella que sostienen con sus pírricos salarios la precaria economía de billar de los poblados más apartados, tratando de poner en práctica algo parecido a políticas públicas que son impuestas por otros funcionarios pseudobotella de la capital que llegan a dar consejos y a dictar órdenes con una mezcla de superioridad y asquito.
Mientras, las panameñas y panameños que no son de la capital trabajan y luchan cada día en inferioridad de condiciones, pero con la convicción de quien cree en su tierra y en su fuerza de voluntad. Lamentablemente, eso no es suficiente.
Es casi increíble que en Panamá la desigualdad geográfica sea tan abrumadora. Las condiciones de vida en Darién o en algunas zonas de Veraguas o, por supuesto, en las zonas indígenas son africanas. Algunos capitalinos indignados argumentan que por qué no cultivan y comen para acabar con el problema. Es decir, recetan para el prójimo lo que para ellos sería un solo día de terapia. Como siempre, la realidad es más compleja y vivir un coctel con bastantes más componentes que el de la alimentación.
Las injusticias se tornan salvajes cuando se habla de las poblaciones rurales o indígenas. La inversión estatal es casi nula y uno pensaría que es casi intencional. Parece una batalla de cansancio para forzar a las poblaciones a moverse o a rendirse y dejar el camino limpio para taladores de madera profesionales, especuladores de playa o mineros. Lo que está pasando fuera de la capital es así doblemente grave porque nadie lo ve y nadie lo denuncia.
La hipótesis es evidente: si en la capital se están cometiendo desmanes contra la ley y contra la ética a la vista de la comitiva presidencial, ¡qué no estará pasando allá en el interior!
Bueno, solo hay que viajar con los ojos abiertos para darse cuenta: manglares arrasados, madera cortada, espacio público privatizado, hectáreas de país hipotecadas… Y en medio de esa batalla económica… la población: personajes no invitados a un drama en tres actos que subsisten con lo poco que cultivan -porque sí cultivan-, con electricidad a raticos, agua a poquitos, educación esquiva y salud pordiosera. Y a nadie le importa. Miento, a los publicistas sí les importa. En Jaqué, Darién, donde la ausencia es la norma, el Gobierno sí se las arregló para hacer llegar una valla publicitaria gigantesca que plantó en la trocha principal del pueblo para autocomplacerse por su programa de bonos para pobres. Eso sí, la escuela primaria no tiene luz eléctrica y la fosa séptica no aguanta un pipí más.
En las aldeas remotas de los ngöbe-buglé no tienen nada, pero allá llegaron las gorras a favor del Sí a la ampliación. La historia se repite poblado a poblado y el descaro político se complementa con la desidia mediática y la indiferencia social.
Ejemplos hay a puñados. Pero miren solo el poco interés que despertó la semana pasada el encuentro de provincias y comarcas dentro de la llamada Concertación Nacional por el Desarrollo. Lo que probablemente sea lo mejor de todo ese proceso condenado a la gaveta política no fue de suficiente peso para muchos de los grandes medios de comunicación nacionales que estaban preocupados por algún suceso sobredimensionado o por más de lo mismo tóxico -aquello en lo que nadie va a asumir la responsabilidad-.
La indiferencia es casi total y uno tiende a pensar que debe ser así porque el interior solo es un sitio donde tener la segunda residencia -en el caso de los tomadores de decisión- o una playa para visitar los fines de semana -en el de los que no tomamos decisiones ni tenemos otra casa-. El país como una finca que visitar de vez en cuando y donde recabar votos para personajes desconocidos y ajenos a la vida cotidiana de estos lugares. Los supuestos beneficios del Canal y el programa a dedo Prodec seguirán siendo campo abonado para politiqueros si no hay una descentralización mental antes de que se produzca la administrativa.
El autor es periodista
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