| VISITA A RUSIA.
Ecuanimidad hacia Putin
Durante su visita a Rusia el martes de esta semana para asistir a una reunión con el presidente ruso, Vladimir Putin, la secretaria de Estado, Condoleezza Ricem, hizo lo que un diplomático debería hacer: Ella pidió que se enfriara la "sobrecalentada" retórica. Yo no voy por ahí expresando términos como nueva "Guerra Fría", notó Rice, de manera prudente. "Es una relación importante y complicada, pero no se parece en nada a la implacable hostilidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética".
Hay sabiduría en el esfuerzo de Rice por impedir que la oratoria provocadora genere incluso mayor tensión en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia de la que ya hay, como cuando Putin, al parecer, comparó en fecha reciente la conducta de Estados Unidos con la del Tercer Reich. Sin embargo, con lo mucho que la administración Bush pudiera necesitar la cooperación de Rusia para impedir la proliferación nuclear en Irán y Corea del Norte, o para contrarrestar a redes terroristas, la mayor parte de la tensión en las relaciones entre Washington y Moscú es provocada por el régimen de Putin. Y no hace nada bien pasar por alto y en total silencio la rapacidad, la deshonestidad y las provocaciones de ese autoritario régimen.
Con todo, Rice efectivamente se reunió este martes con selectos activistas rusos por los derechos humanos y periodistas. Ella los usó como un barómetro para sondear las reacciones populares de los rusos al plan de Naciones Unidas posterior a la guerra, el cual le otorgaría a Kosovo una forma de independencia respecto de Serbia. A ella le dijeron que si el plan se ponía en marcha en contra de la voluntad de los serbios, se podría inducir a una "histeria antiestadounidense" en Rusia.
Está muy bien cosechar ese tipo de consejos de defensores de los derechos humanos y periodistas independientes, pero ellos necesitan con desesperación mayor solidaridad y respaldo popular del que han estado recibiendo de Occidente. Este fracaso de solidaridad ha sido más evidente entre gobiernos de Europa Occidental que en Washington, y ha dado paso a tensión entre ex satélites de la Unión Soviética, como Polonia y Estonia, y los clientes del Kremlin, ávidos de energía, en Europa Occidental.
También este martes, al dirigirse a un seminario en el Centro de estudios rusos en Harvard, Robert Amsterdam, uno de los abogados de Mijáil Jodorkovsky, el encarcelado ex director ejecutivo de la empresa petrolera Yukos, describió los bancos, corporaciones y gobiernos europeos que hacen negocios con las corporaciones paraestatales del Kremlin en el sector de energía como procuradores de la "cleptocracia". Periodistas rusos que han visto las muertes de valientes colegas en asesinatos sin resolver, así como activistas por los derechos humanos que son tratados como traidores o espías, merecen una señal pública de apoyo por parte de Rice y enviados de las naciones democráticas de Europa.
Cierto, la Unión Soviética ya se extinguió, y la Guerra Fría ya terminó. Pero si se permite que los cleptócratas de Putin se salgan con la suya, sus clientes de energía en Occidente terminarán siendo tan vulnerables a los modos rufianescos del Kremlin como los demócratas dentro de Rusia, aislados y amenazados.
Editorial de The Boston Globes, distribuido por The New York Times
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