| CARTAS DESDE EUROPA.
El ejemplo francés
Camilo José Cela
Puede que los europeos estemos haciendo más Europa de lo que nos creíamos, y sin darnos cuenta. Las elecciones francesas han desplazado por unos días de los titulares las noticias domésticas —las de las elecciones municipales y autonómicas, en el caso de España— impregnadas del consabido tedio del que solo nos sacan algunas maravillas del surrealismo. Así, el apellido del candidato socialista para el gobierno de Madrid es Simancas. Pues bien, Simancas se llama la estación que acaba de ser eliminada del plano del metro de la ciudad.
Pero volvamos al caso galo. Francia ha optado por convertir en presidente a un candidato que había hecho de la mano dura su emblema.
Hablar contra mayo del 68, mostrarse contrario a la jornada laboral reducida o advertir del peligro de la inmigración podrían haber sido mensajes electorales de Le Pen, íconos de la extrema derecha. Pero lo fueron —¿por "hipostasía" o por convencimiento?— del candidato Sarkozy.
A partir de ese hecho, han abundado, claro es, las interpretaciones, casi siempre manifestadas como si Francia, en lugar de un país, fuese un votante dispuesto a expresar sus preferencias electorales. No es así. Sarkozy ha ganado por una suma de votos que no identifica la coincidencia de voluntades más allá de la evidente de haber elegido la papeleta del candidato conservador. Cada ciudadano que optó por Sarkozy tendría sus propias razones para hacerlo —¡cuántas veces se vota no a favor sino en contra!— y las tendencias son solo eso, tendencias estadísticas. Decir, pues, que Francia ha optado por el cambio o se ha negado a él es pura trivialidad porque nadie sabe lo que cada uno de los electores tenía en mente.
Algo parecido sucede con la interpretación del "préstamo de votos" dado a Sarkozy desde la extrema derecha. Si bien la ventaja de Sarkozy en las urnas ha coincidido de forma bastante estrecha con los votos que recibió Le Pen en la primera vuelta, resulta excesivo decir que son los ultraderechistas quienes han llevado al nuevo presidente hasta el Elíseo. Hay, sin embargo, una particularidad que sí parece elevarse desde la categoría de lo personal a la de la generalidad del voto. Me refiero a la condición de mujer de la candidata socialista, Ségolène Royal, que no parece haberse trasladado a las urnas en términos feministas por la bien simple razón de que la mayoría de las mujeres francesas que fueron a votar dio su papeleta a Sarkozy. Puede ser, por supuesto, que la mayoría de las francesas no comparta las tesis feministas y se acabó. Pero resulta un tanto interesante apuntar que quienes representan el ideal de la liberación femenina en Francia hayan advertido que las mujeres —las de ese país, al menos— no votan a sus congéneres salvo que crean que lo van a hacer bien.
En esencia, el argumento invalida el propio sentido de alguna práctica feminista. La señora Royal se presentó esgrimiendo su condición de mujer y atacó de manera explícita la misoginia de los demás candidatos. Pero si las propias mujeres, en promedio, no aceptaron tal punto de vista de manera automática, parece que el ejemplo francés obliga a plantear la cuestión aún pendiente de la igualdad de sexos de una manera mucho más matizada que la de mujer -sí, mujer-no. Que sea Ségolène Royal la encargada de representar ese ideal de mujer más competente que su opositor masculino es algo aún por comprobar. Y si le dan la oportunidad de hacerlo, Francia nos servirá una vez más de ejemplo a todos los europeos.
El autor es escritor
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