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Reportaje especial
Panamá, jueves 17 de mayo de 2007
 

ESPÍRITU EMPRENDEDOR.

¡Ya tengo mi propio negocio!

Fracisco José Horna

En países más avanzados que el nuestro, poseer un negocio es la norma y ser un empleado es la excepción. En Panamá ocurre todo lo contrario, pues muy pocos son los que desean ser dueños de un negocio propio. Es parte de la cultura de una nación, se tiene o no se tiene, y nosotros, lamentablemente, no la tenemos. La decisión de ser empresario no se toma en la adultez, es una idea que, por regla general, surge en la adolescencia y va madurando lentamente en la mente del joven hasta convertirse en algo real.

El espíritu emprendedor se desarrolla con ellos y lo proyectan en cada faceta de sus vidas. Sin embargo, la realidad es muy diferente para miles de panameños. Cada quince días reciben un cheque, el cual les proporciona una aparente "seguridad" de que al día siguiente pondrán algo de comida en sus mesas. Días después, luego de pagar las cuentas, las arcas quedan vacías y la euforia momentánea que experimentaron el día de pago se esfuma dando paso a la frustración, para esperar con ansias que llegue pronto la siguiente quincena. La "seguridad" de ese salario los adormece, les nubla la visión y les produce un letargo conformista. Y así, de quincena en quincena pasan los meses y los años y el ansiado cheque termina por convertirse en un arma de doble filo, pues así como les ha permitido "satisfacer" ciertas necesidades, de la misma manera se ha convertido en una barrera que les impide prosperar.

En otras palabras, estar "bien", se torna en el principal obstáculo para estar mejor y el salario pasa a ser el árbol que les impide visualizar el bosque. Un bosque que bien puede significar un automóvil para pasear los domingos con la familia o matricular a los hijos en una mejor escuela o simplemente poder comprar esa medicina costosa que tanto necesita la abuela. Un negocio puede ser la escalera que les permita subir y vislumbrar un nuevo horizonte y otear a lo lejos un futuro lleno de promesas por cumplir. Un negocio, por pequeño que éste sea, puede convertirse en el vehículo que los trasporte a lugares nunca antes soñados.

Tomemos el caso de José, un panameño como cualquier otro. Como de costumbre, se levanta muy temprano, se ducha, desayuna, toma su bus y se marcha hacia su trabajo con el firme propósito de hacer que su jefe tenga lo que él jamás llegará a tener. Ya instalado en su puesto de trabajo escucha una voz -José, lo solicitan en personal. Sube las escaleras, toca la puerta y entra. -Buenos días, -hola José, siéntese por favor, en un minuto le atiendo. Una atmósfera inusual inunda el ambiente y le produce cierta sudoración. -Mire José, no le tengo buenas noticias. Sentado, escucha las palabras que temía que algún día iban a ser pronunciadas, pero que se resistía a admitir: -a raíz de una reestructuración estamos reduciendo el personal, por tal motivo, hemos decidido prescindir de sus servicios, muchas gracias por todo y que tenga suerte. Durante el trayecto a casa, José, aterrorizado, experimenta una marejada de ideas y pensamientos. ¿Qué le diré a mi mujer, mis hijos, la escuela, la comida, el préstamo? ¿Qué voy a hacer? José ha ingresado a la interminable fila de desempleados. Al día siguiente, sin siquiera acariciar la posibilidad de un negocio propio, se levantará aún más temprano en busca de otro empleo. Para José, esta alternativa ocupa todo su horizonte y un negocio, si acaso ha pasado por su mente, se encuentra guardado en un lugar recóndito y perdido de su cerebro. He allí el gran dilema. Cómo hacer que miles de José de nuestro querido Panamá, recobren la fe que tuvieron de niños y abran el viejo baúl donde una tarde gris guardaron resignados sus más preciados anhelos y decidan, con una actitud emprendedora, atreverse a tomar el control de sus vidas. A pesar de ello, nuestros gobernantes y sus sabios consejeros insisten en machacar que la única solución para acabar con el desempleo es la creación de nuevos empleos. Miles de panameños que hoy poseen uno, viven en la pobreza, imposibilitados, con un salario de miseria, de disfrutar una vida digna y decorosa.

Los extranjeros que hace unas cuantas décadas vinieron a nuestro país sin un solo centavo, no llegaron con la idea de estudiar o buscar un empleo, lo hicieron con el único y firme propósito de ser dueños de un negocio. En sus mentes no existía un escenario diferente. Encontraron en nuestro país las condiciones ideales para prosperar y con trabajo, perseverancia y valor, todos, salvo algunas excepciones, son hoy personas acaudaladas que han contribuido con el engrandecimiento de nuestro país. ¿La solución? Solo veo una. Que se destine una partida multimillonaria dirigida no a enseñar un oficio en particular, sino una capacitación destinada a revertir años y años de una cultura de conformismo, temor y baja autoestima. Pienso en una campaña masiva y permanente con el único propósito de transformar y revertir una mentalidad de empleado a una actitud de empresario. No será fácil y tomará mucho tiempo, esfuerzo y recursos, pero al final, tendremos un país lleno de gente independiente, próspera y sobre todo, dueñas de su propio destino. Un país donde necesitemos mano de obra extranjera, porque nuestros desempleados del pasado se han convertido en los empresarios de hoy. Y así, José, tomado de la mano de su mujer y sus hijos, podrá gritar con orgullo a los cuatro vientos, ¡Ya jamás seré un desempleado!, porque ahora ¡Ya tengo mi negocio!

El autor es abogado y empresario



 
 
 
 
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