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Reportaje especial
Panamá, martes 15 de mayo de 2007
 

LATIFUNDIOS.

Nadie sabe para quién reforma

María Mercedes de la G. de Corró

Ilusa como soy, yo siempre pensé que -aparte de un aumento en la productividad de la tierra-, la llamada Reforma Agraria buscaba evitar la especulación y, sobre todo, la concentración de la propiedad en manos de unos pocos dueños. Es decir, que su objetivo era otorgar los títulos de propiedad a los campesinos que por años las habían ocupado, cultivado y ordeñado. De allí que me resulten absolutamente desconcertantes las declaraciones de los funcionarios de gobierno. Esas en las que unos y otros alegan que las generosas adjudicaciones hechas a los ciudadanos Rodolfo Espino Durán y Rodolfo Espino Barraño se apegan a los lineamientos establecidos por dicha reforma.

Jamás pensé que, por obra y gracia de una política de vocación social, -que idealmente debía contribuir a una mejor repartición de la riqueza a través de la creación de una clase de pequeños y medianos agricultores-, el Gobierno panameño propiciaría el surgimiento de nuevos latifundios. Y digo latifundios porque creo razonable asumir que, para los estándares de nuestro país, globos de tierra de las dimensiones de los que fueron traspasados a los señores Espino -29.6 hectáreas, 65 hectáreas y 26 hectáreas, respectivamente- califican como tales.

El tema hiere la conciencia ciudadana, y causa pesadumbre, porque nos recuerda que, mientras algunos trabajan arduamente, otros se las ingenian para saquear al país. Hasta el momento, todo parece indicar que estos señores y sus asociados se aprovecharon de las circunstancias para hacerse de tierras que, al menos en el caso de Punta Chame, les permitirán entrar por la puerta grande al jugoso banquete de la especulación inmobiliaria. Y es que el precio al que fueron adjudicados esos cientos de miles de metros cuadrados, - 14 mil 808 dólares el primero; 386 dólares el segundo; y 2 mil 80 dólares el último-, no se compadece con las cifras que se manejan en el mercado local, en esta coyuntura en que Panamá experimenta un auge que ha generado un aumento sin precedentes en el valor de la tierra.

Esto último es incongruente e inmoral. Porque, como bien saben quienes nos gobiernan, Panamá necesita recursos para combatir la pobreza, esa que le quita el sueño al Presidente; así como para subirle la vara a la educación a todas luces deficiente que se imparte en nuestras aulas; para mejorar el sistema de transporte colectivo; y para ofrecer servicios básicos de salud a quienes los reclaman al borde del llanto. A pesar de ello, con el mismo desprendimiento con que un ministro del gobierno de Moscoso firmó la equiparación con Panamá Ports, -por medio de la cual se privaba al Estado panameño de ingresos millonarios a los que tenía derecho-, con esa misma ligereza de pluma, un funcionario de la administración torrijista rubrica con su firma un documento mediante el cual cede tres sustanciosos pedazos del patrimonio nacional, -dos en Punta Chame, y el otro en Arenas, provincia de Veraguas,- a precio de ganga. Y aquí conviene reiterar que el comentario aplica especialmente al caso de Punta Chame, donde lo que está en juego son terrenos con frente de mar, cuyo valor real alcanza los millones de dólares.

Para Martín Torrijos Espino, se trata de una situación comprometedora y vergonzosa: sus propios parientes saqueando el país que él juró amar, respetar y defender. En cuanto a los funcionarios bajo cuya mirada cómplice se han realizado estas transacciones, déjenme decirles que es inconcebible que hayan guardado silencio ante una situación como ésta. Por muy primo y por muy tío que sean los beneficiados. Con ellos, así como con los vicepresidentes, ministros, directores de entidades autónomas, alcaldes y otros funcionarios de nivel alto y medio cuyas conciencias aún palpitan, quiero compartir las palabras del psicólogo Howard Gardner, que en una entrevista publicada el pasado mes de marzo pasado en la revista Harvard Business Review, dijo así:

"Si no estás preparado para renunciar o ser despedido por aquello en lo que crees, entonces no eres un trabajador, mucho menos un profesional. Eres un esclavo".

La autora es economista y periodista



 
 
 
 
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