BUSCADOR
  Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Suscripciones | Portadas PDF | Titulares por e-mail | Contáctenos
  EL IMPRESO  
Hoy por hoy  
 
   
  Opinión  
  Perspectiva  
  Deportes  
  Mundo  
  Economía y Negocios  
  Vivir +  
  Reseña  
  Sociales  
  Horóscopo  
     
  SUPLEMENTOS  
  Ellas Virtual  
  Martes Financiero  
  Aprendo Web  
  Reseña Empresarial  
Pulso de la Nación
  SERVICIOS  
Titulares por
e-mail
Columnistas
Guía del sitio
Tarifas
Dosieres especiales
¿Quiénes somos?
Contáctenos
  TIEMPO LIBRE  
Turismo
De interés
Cartelera de cines
De noche
 
  PÁGINA DEL LECTOR  
Porque nuestros lectores sí cuentan
  CANALES  
Salud
Psicología
Psicología sexual
Bebés
Hogar
Mascotas
Tecnología
Cine
Libros
Farándula
Discos
Reportaje especial
Panamá, martes 15 de mayo de 2007
 

El MALCONTENTO.

El paraíso necesita libros

Paco Gómez Nadal

La falta de lecturas para quien está acostumbrado a ellas es como un decreto salado para quien sufre de coma hipoglucémico. Los libros, en esta era digital de códigos binarios y paranoias virtuales, son un oasis donde descansar el alma.

Puede ser un libro inquietante, de esos que cuestionan lo fundamental de la vida. Puede ser también una de esas obras poéticas que rasgan lo que nos queda de serenidad y nos introducen en un estado de ansiedad amorosa. No falta el libro bello, el que mediante metáforas o prosopopeyas nos transporta a planetas emocionales de dimensiones infinitas…

Todos, todos los libros son necesarios para vivir, para aprender a vivir, e incluso, para encontrar la manera más sabia de morir.

¿Corren malos tiempos para la lectura? Eso parece. Las nuevas generaciones confunden la herramienta con el propósito y viven conectadas al computador o al i-pod a través de un nuevo cordón umbilical que idiotiza y simplifica.

Todo es más fácil sin libros. Eso es verdad. No pensar, no cuestionar, no ver el espejo del universo en helvética cuerpo 12 impreso en papel es como una terapia de spa que masajea las pocas neuronas sanas. Si no se piensa -por ejemplo, si nos escondemos en el mundo simulado de la televisión -se vive en una felicidad ficticia parecida a los océanos de mermelada sobre los que nos advertía Estanislao Zuleta -"En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido"-. Los libros nos inquieren permanentemente, buscan la quinta pata al gato, se ríen de nuestras seguridades, nos hacen hurgar en las inseguridades.

Y si las nuevas generaciones no encuentran atractivos los libros es porque arrastran la herencia de las anteriores. Cuando echaba el bulto a las nuevas generaciones, en realidad, quería arremeter contra las no tan nuevas, que son las responsables de la educación que se recibe en las aulas escolares, de los negocios del entretenimiento y de las librerías de nuestras ciudades. De alguna manera, y entrados en la postmodernidad, la mayoría de los adultos compraron la idea de que lo importante es lo práctico y no lo teórico, la eficiencia y no la enredada costumbre de discutir, las profesiones y no los conocimientos. ¿Para qué leer a Kant o a Pablo González Casanova si lo que necesita la empresa son expertos en planes estratégicos y en procesos industriales? Estamos educando a personas cercenadas, no desarrolladas de forma integral, fragmentadas y encasilladas, pero prestas a ser masa laboral no pensante. El humanismo, el razonamiento, ha quedado atrincherado en las bibliotecas huérfano de lectores. El pensamiento, en caso de no ser rentable desde el punto de vista del mercado, es un producto de élite para un grupo culturalmente preparado que cada vez más se asemeja a esos monjes del medioevo europeo que, encerrados tras los muros de la abadía, leían y escribían para el único regocijo de su Dios.

Véase el ejemplo. El pasado 29 de abril, Mario Muñoz publicaba en La Prensa un diagnóstico del sector del libro en Panamá y su texto rebosaba de optimismo. "Mágico año para la venta de libros", rezaba el titular. El análisis hablaba de cifras frías, de importación de textos, de libros producidos y de -¡atención!- solo ocho librerías censadas. Es evidente que el periodista no podía entrar a analizar la calidad de esas lecturas o el interés de los editores y libreros.

Cuando entro a El hombre de la mancha, o similar, siento que me abre la puerta un centro de entretenimiento, pero no una librería. Dentro puedo tomar un café delicioso, veo a payasos y miro los talleres de pintura para niños, me atiborro de libros de autoayuda, sufro con el exceso de Paulo Coelho y envidio las impresionantes casas que aparecen en los libros de decoración. Pero si busco literatura actual, sociología, política, lingüística o filosofía tengo que conformarme con algunos libros de bolsillo de Platón, los best sellers norteamericanos y latinoamericanos y poco más.

Empieza la Feria del Libro esta semana y estoy seguro de su éxito: cuando se espera dos años a un amigo, se le recibe con cierta gula. Pero es algo fugaz, una luz tenue en un país de rascacielos y de inversores, donde los intelectuales o los escritores no están de moda, donde los foros de discusión o las controversias públicas rara vez pasan por la teoría.

Panamá tiene todavía un profundo déficit en su oferta cultural. Si el libro está en coma, el cine vive su último hálito, las artes escénicas están proscritas, y la plástica sobrevive porque en las paredes de la élite es lo único que no desentona.

Panamá es el paraíso, son muchas las voces que así califican al país. Pero al paraíso le hacen falta libros.

El autor es periodista



 
 
 
 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
Advertencia: Todo el contenido de www.prensa.com pertenece a Corporación La Prensa S.A. Razón por la cual, el material publicado no se puede reproducir, copiar o transmitir sin previa autorización por escrito de Corporación La Prensa S.A.
Le agradecemos su cooperación y sugerencias a internet@prensa.com y Servicio al Cliente.
En caso de necesitar mayor información accese a nuestra biblioteca digital o llámenos al 222-1222.
Corporación La Prensa: (507)222-1222
Apartado 0819-05620 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá