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Reportaje especial
Panamá, viernes 11 de mayo de 2007
 

GASOLINA Y ETANOL.

Contrapunteo americano

Carlos Alberto Montaner

En el siglo XVI el imperio español, entonces el más poderoso del planeta, calculó mal sus costos reales de explotación en las colonias americanas y comenzó a cavar su propia fosa. Confundida por el río de oro y plata que cruzaba el Atlántico, y aquejada por una crónica falta de liquidez, la Corona nunca se percató de que el esfuerzo económico que significaba armar las flotas, edificar monumentales fortificaciones militares, llenarlas de soldados y construir centros urbanos dedicados a la explotación de ciertas minas remotas, era una actividad ruinosa en la que las inversiones resultaban infinitamente mayores que los beneficios obtenidos.

La anécdota es perfecta para explicar el error que significa tomar decisiones en materia de energía tomando en cuenta solo el precio del petróleo frente a lo que valen en el mercado el etanol u otras formas de combustible. ¿Cuánto cuesta mantener decenas de miles de soldados listos para intervenir en el Medio Oriente si se cierran los oleoductos sauditas? ¿Cuánto costó la Primera Guerra del Golfo (1990) desatada por la ambición iraquí de apoderarse del petróleo kuwaití? ¿No fue ese conflicto, mal resuelto, el preámbulo de la Segunda Guerra del Golfo (2003) que ya se ha tragado quinientos mil millones de dólares y tres mil quinientas vidas norteamericanas?

La dependencia estadounidense del petróleo importado tiene un altísimo costo, además de colocar la estabilidad del país en manos tan poco fiables como Irak, Venezuela, Nigeria, Rusia o Arabia Saudita. ¿Se ha olvidado ya la voraz destrucción de capital en la bolsa, la inflación, el brutal aumento de los intereses y la recesión provocada por la crisis del petróleo en la primera parte de la década de los setenta del siglo pasado? ¿Por qué exponerse a otra catástrofe similar?

Además de ese argumento, que a mí me resulta el más importante, el consumo masivo de etanol, especialmente el producido a partir de la caña de azúcar, parece ser una opción mucho más razonable que la gasolina: el etanol es más limpio y renovable, la energía que se requiere para destilarlo en gran medida se obtiene del bagazo, genera subproductos que pueden utilizarse como nutrientes del suelo, y le da empleo a una vasta mano de obra. Solo en Brasil hay un millón de trabajadores que devengan su salario directamente de la industria azucarera, mientras otro millón y medio lo hacen de forma indirecta. Si Estados Unidos eliminara los aranceles y las naciones azucareras del Caribe, además de Brasil, pudieran acceder a ese mercado libremente con exportaciones de etanol, los consumidores norteamericanos se beneficiarían y los productores de esa región verían mejorar sustancialmente sus condiciones de vida.

Por supuesto que el etanol, como todo en esta vida, tiene sus inconvenientes. Nadie ignora que es un 30% menos eficiente que la gasolina, su uso creciente requiere la adaptación de los motores, y es necesario dedicar grandes extensiones de tierra al cultivo de la caña, pero de lo que se trata es de huir de una peligrosa dependencia plagada de costos ocultos y de potenciales riesgos de guerra. En la segunda mitad del siglo XVI, cuando un fanático partidario de Felipe II, el poderoso monarca castellano, le dijo al banquero alemán Fugger que el rey de España era la figura más grande de la cristiandad, el financista le respondió con una frase melancólica: "pero es una lástima que no sepa contar". Felipe no solo llevó a España a la quiebra un par de veces. De paso, también liquidó a la Casa Fugger, hasta entonces los banqueros más ricos del mundo.

Firmas Press. El autor es analista político



 
 
 
 
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