Caja de letras
La playa
Yanuly Sansón-
En enero empecé a sentir los síntomas: un vacío bajo la cintura, frío en los muslos y a veces un doloroso calambre en la planta del pie. El doctor conocía la historia familiar y me recetó drogas que ambos sabíamos no funcionarían. Para octubre, ya me había acostumbrado a la silla de ruedas. Toda una vida cuidando de mamá me había hecho experto en el tema; terminé de acondicionar la casa para minimizar los desplazamientos y eliminé la tolda de la terraza. No me privaría del gusto de asolearme. Muy difícil o imposible sería llegar a la playa y no quería molestar a los amigos, ser una carga. Ellos dejaron de venir después de un tiempo.
Lo agradezco, me recuerdan lo limitado de mi situación. Ayudo a mamá a vestirse, ella hace lo mismo conmigo, pero hemos renunciado a su gusto de verme con zapatos. Nos embarcamos en la casi hazaña de limpiar la casa a fondo, algo que nos tomó todo el día. Se habló poco. La noche llegó sin advertencia; extenuados, salimos al patio aunque nos arriesgábamos a un resfrío. A mamá se le cayó la lata de soda y ninguno de los dos pudo detener el pegajoso río negro que se extendía por la losa. Las hormigas llegarían pronto. "Déjelo, no tiene caso. Mañana nos vamos a la playa".
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