| EL DEBER DE SER JUSTOS.
La hora de la institucionalidad
Roberto A. Moreno de León
Quienes somos padres nos preocupamos no solo por el presente de nuestros hijos, también por el futuro. ¿En qué condiciones estará el país para cuando nuestros hijos sean adultos? Eso depende de qué país queremos dejarles, porque pensar en el país que nos encontramos sería traspasarles una factura demasiado cara.
Muchos panameños y panameñas nos esforzamos por tener una conducta apropiada, trabajamos en pro del desarrollo, procuramos pagar nuestros impuestos, cumplimos las leyes y normas tanto de la vida como del país. Sin embargo, lo que muchos hacemos por el bien del país, otros lo desbaratan en un dos por tres (o en una cuatro por cuatro). Pareciera que les gusta ir en sentido contrario: su conducta no es transparente, impiden el adecuado crecimiento del país (haciendo desfalcos en todo y a todos) y situándose por encima de las leyes.
Este comportamiento adverso incomoda a los primeros, quienes ven cómo cada cierto tiempo los segundos se acomodan en ciertas posiciones para aprovecharse de ellas, posiciones en las que se dan manejos de encubrimiento, manipulación y corrupción. Parafraseando a Ayn Rand en su obra La Rebelión de Atlas: Si quienes producen necesitan la aprobación de los que no producen. Si el dinero que fluye en el mercado no es a consecuencia del comercio, sino de favores. Cuando algunos se hacen más ricos a través del juega vivo y favoritismo. Cuando las leyes son aplicables dependiendo de quién seas. Y cuando se ve que violar la ley se recompensa, y se descubre que la honestidad se convierte en un sacrificio personal… ciudadanos, sabremos que nuestra sociedad está condenada.
Sabemos que son múltiples las reformas que se han iniciado en las diferentes instituciones del país. Pero la principal reforma aún no ha llegado: aquella que alcance la conducta individual y colectiva de quienes, ejerciendo el poder otorgado por el pueblo, abusan de él, no tanto por falta de leyes, sino por el descaro de creer tener la autoridad (exclusivamente política, hago la salvedad) de estar por encima de ellas y de todos los panameños honestos, que en cada rincón de este pequeño y apreciado país madrugan con el cantar de un gallo para poder llevar el alimento, de manera honrada, a sus mesas. Sabemos que es el propósito del gobierno "la modernización del Estado" para lograr que se desempeñe de manera más ágil y que atienda de manera oportuna las demandas ciudadanas. Pero la modernización no solo implica tecnología y procesos, sino "reingeniería" en el comportamiento de quienes son los actores principales en esta nación. Sabemos que estos esfuerzos han contribuido poco a poco, pero aún se deja mucho por hacer, pues cuando se es capaz de hacer más y no se hace, y cuando bueno no es suficiente si se limita a lo mismo de siempre, se atenta contra el país democrático que todos merecemos (un estado de derecho, con seguridad jurídica y una sólida institucionalidad).
Los panameños anhelamos un Estado eficiente, no solamente en lo económico, sino principalmente en lo que respecta a la transparencia, rendición de cuentas, aplicación de la ley y respeto de la ley. Un Estado facilitador, no ejecutor, con credibilidad (en base a su actuar ejemplar) convocante por su autoridad "moral" y legitimado.
Aspirar a la preservación y el fortalecimiento de nuestra institucionalidad para ser más prósperos implica atender la laguna y vacío existente a falta de la obediencia, tanto en la aplicación de leyes como en sus sanciones (o incentivos). No podemos ignorar la urgente necesidad de fortalecer nuestra institucionalidad. La débil institucionalidad es nociva para lo sociedad. No abandonemos la lucha de vivir en un país donde las reglas del juego sean concisas, claras y justas. No es solo un asunto del presente. Es un compromiso con el futuro, aquel tiempo próximo en el que nuestros hijos podrán servir mejor a la patria si logramos despertar a quienes tienen dormida la voluntad política necesaria para salvaguardar nuestra institucionalidad. No los decepcionemos. Logremos que nuestros hijos vivan en un país sin tantos sobresaltos y frustraciones. Que el legado que dejemos a nuestros hijos sea desde ahora para que el hoy no sea como el ayer ni el mañana como hoy. Para vivir mejor hay que saber aceptar el deber de ser justos: dejemos a nuestros hijos el país que tanto anhelarán (y que nos agradecerán).
El autor es presidente de CADE 2007
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