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Reportaje especial
Panamá, martes 8 de mayo de 2007
 

PREOCUPACIÓN CIUDADANA.

Panamá: La ciudad (I)

Nicolás Ardito Barletta

La ciudad de Panamá es nuestro principal centro urbano, con su ambiente cosmopolita, con 1.2 millón de habitantes en el área metropolitana que incluye a San Miguelito, y con características propias que la proyectan como una ciudad de singular potencial. Por otro lado, una serie de factores, como la falta de infraestructura adecuada, y la reducción acelerada de espacios y verdor, ponen en peligro su consolidación como gran ciudad, atractiva y agradable para propios y extraños. A pesar de los planes existentes, el avasallador ritmo de densas y desordenadas construcciones y la muy escasa atención urbanística van limitando aceleradamente su potencial. Hay fuertes señales de preocupación ciudadana (Ej.: la Alianza Pro Ciudad) y aún de algunas autoridades, pero hay que actuar ya para ordenar el proceso con el objetivo de salvaguardar el bien común de todos los residentes.

Las condiciones especiales de contar con Amador, el Casco Antiguo, Balboa (el pueblo anglosajón), la bahía, la parte moderna de la ciudad, Panamá La Vieja, el cerro Ancón y la entrada del Canal, el Parque Metropolitano, le dan características propias diversas que enriquecen a la ciudad, definiendo su singular personalidad a la orilla del mar. Desde el Casco Antiguo, La Exposición, Bella Vista y La Cresta, la parte moderna de Punta Paitilla, Marbella, Campo Alegre, El Cangrejo y Obarrio, se aprecia una variedad arquitectónica que va en orden histórico lineal, por la configuración de la ciudad, desde los siglos XVIII y XIX a cada una de las décadas del siglo XX. Todo ese contraste se puede apreciar mejor porque las distancias son cortas. Solo pararse en el sitio de la estatua de Balboa, mirando a ambos lados de la bahía, lleva a los sentidos la dramática belleza del contraste.

Pero la ciudad también conforma el hábitat donde vivir, trabajar, convivir y compartir, combinando la paz residencial con la dinámica del trabajo, y el bullicio del transporte, el comercio y la recreación social. Como tal debe ser a la vez funcional y placentera, eficiente y afectiva, estimulante y estética, como son las grandes capitales del mundo. Calidad de vida urbana debe ser el criterio que nos una a todos los citadinos para definir el bien común de los residentes de la capital.

El extraordinario auge de construcción desorbitada de grandes torres por todas partes, aunque tiene algunos beneficios coyunturales, rápidamente va destruyendo el potencial de la ciudad. Ocurre con los cambios bruscos en la zonificación inconsulta con los vecindarios, sin infraestructura vial y de todo tipo adecuada para acomodar racionalmente los aumentos de densidad, sin atención a proteger servidumbres, aceras, áreas verdes, espacios abiertos, edificios de valor arquitectónico histórico, espacios públicos de recreación para jóvenes y ancianos. Lo hecho hasta ahora permite vislumbrar el peligro de que, con todo lo proyectado en construcción desordenada, dentro de escasos cinco años la ciudad habrá perdido buena parte de su calidad, eficiencia y atractivo, inclusive para los extranjeros que ahora vienen a comprar una segunda residencia.

El tráfico excesivo, sin avenidas ni calles apropiadas, el ruido, la contaminación ambiental, la falta de estacionamientos, Ud. puede seguir enumerando las carencias ya evidentes. Falta disciplinar, con sentido de coherencia urbanística, con una zonificación racional y con perspectiva de futuro, con reglas firmes de orientación, lo bueno que implica un auge hacia tener una ciudad más cosmopolita en sus actividades económicas, sociales y culturales, con un mayor contingente de turismo y residentes extranjeros. Los caudales de bonanza no se dejan desbordar en fuerzas destructivas; se canalizan mediante la institucionalidad, el buen sentido y el claro concepto del bien común para proteger y esparcir suavemente sus beneficios.

La avenida Balboa es un ejemplo. ¿Por qué torres de 100, 90 y 80 pisos, de las más altas del mundo en una ciudad tan pequeña? ¿Por qué no limitarlo a torres de hasta 50 pisos, ya elevados, que es lo que existe ahora? Copacabana, en Río, una de las bahías más famosas del mundo, uniformó la altura de sus edificios a no más de 30 pisos. Aprovechar la vista al mar no conlleva destruir la armonía y funcionalidad de la avenida Balboa con torres de más del doble de la altura de las torres Miramar. La cinta costera ayudará algo con sus áreas verdes, pero no resuelve el problema. Así podemos citar otros ejemplos a la vista de todos.

Es hora de tomar decisiones y actuar más allá de lo que se ha comenzado a hacer. Aplaudo a la Alianza Pro Ciudad. Las autoridades deben coordinar sus acciones con más coherencia, firmeza y visión del bien común. Los desarrollistas, viendo más allá de su proyecto, pueden apreciar las bondades, inclusive para ellos, de prolongar el auge adoptando criterios con sentido urbanista, funcional y estético. Pienso que estaremos de acuerdo en no ser tildados como el "nuevo rico" que demuestra un craso materialismo, carente de refinamiento cultural, estético y funcional.

La renovación de barrios pobres como Curundú es el otro reto urbanístico y social. La miopía no es buena amiga. Todavía podemos proyectar una gran ciudad para los panameños, con la función cosmopolita que el país ha de tener en el siglo XXI.

El autor es economista



 
 
 
 
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