| RENDIR CUENTAS.
Proclividades fatales
Carlos Guevara Mann
En las pocas fotografías que de ella están disponibles en la internet, aquella fémina de tremebundo aspecto no luce particularmente sensual o apetecible. Por lo que colijo, apreciado lector, que Shaha Ali Reza ha de tener ocultos encantos, talentos íntimos o aptitudes inconfesables, que le nublaron el entendimiento a Wolfowitz y le hicieron perder la chaveta. De halcón guerrero, aquel formidable arquitecto de la invasión a Irak quedó en perrito faldero: "Oh Shaha, Shaha", me lo imagino musitando, gimiendo y suspirando, en el apogeo de un encuentro amatorio, mientras la líbica fatal ("líbica" porque es oriunda de Libia y "fatal" porque su poder de atracción le ha acarreado desgracias a su amante) le arranca a Wolfowitz el traslado al Departamento de Estado. Y, observe usted, no cualquier traslado, sino uno que conllevó un "ajuste" de 60 mil dólares mensuales pagados por el Banco Mundial. Lo que-supuestamente-colocó a Shaha en la escala salarial de la burocracia estadounidense por encima de Condoliza (ya sé que así no se escribe, pero la ortografía original es demasiado complicada).
A usted -seguramente- no le interesan las conquistas venéreas (por su relación con Venus, la diosa del amor, no con las enfermedades) del presidente del Banco Mundial (quien-hay que aclararlo por justicia a Shaha-tampoco es un Adonis). Sí ha de llamarle la atención-no cabe duda-el uso tan descarado del poder o la influencia para beneficiar a una persona de su entorno más cercano con un nombramiento pagado por una institución pública internacional de la que, a fin de cuentas, usted y yo somos dueños (por si no lo sabe, Panamá es miembro del Banco Mundial y posee acciones y derechos de votación en esa organización). Eso se llama "corrupción", término que Transparencia Internacional define como "el abuso, con fines de lucro personal, del poder delegado" (www.transparencia.org.es <http://www.transparencia.org.es/>). No es por ello sorprendente que los directores ejecutivos del Banco, reunidos el 19 de abril, expresaran "gran consternación" por la participación de Wolfowitz en el ascenso de Shaha (www.bancomundial.org <http://www.bancomundial.org/> ), que el Parlamento Europeo exigiera su destitución, que el propio personal del Banco haya demandado su salida (BBC News, 30 de abril) y que el New York Times, en su edición del día en que escribo estas líneas (30 de abril), plantee la inminente renuncia de Wolfowitz.
Usted, que es bastante sagaz (por eso lee esta columna), notará enseguida las similitudes y diferencias entre lo que ocurre en el Banco Mundial y lo que sucede a diario en Panamá. Allá, ni al presidente del organismo se le permite pasar agachado. Se le exigen cuentas de sus actuaciones y, cuando dicha rendición no es satisfactoria, se demanda su renuncia por conductas inapropiadas. Acá, cualquier pelafustán con agallas que dice gozar de respaldo o simpatías influyentes no solo consigue que le "vendan" varias hectáreas de terrenos inadjudicables a precio de baratillo, sino además que le permitan talar y rellenar grandes extensiones de manglares costeros. (Pero si usted o yo arrancáramos una hojita de alguno de los tres mangles que quedan en la desembocadura del río Matasnillo, Kojak nos haría arrestar, enseguida, por un pelotón de policías en radiopatrulla con sirena).
Allá, el presidente de la entidad tiene que rendir cuentas por los beneficios concedidos a un miembro de su círculo íntimo. Acá, un magistrado nombra a "un número plural de familiares en la entidad en la cual se desempeña", según lo expuso la propia secretaria del Consejo de Transparencia contra la Corrupción (La Prensa, 4 de abril) y la entidad nominadora -en este caso la Asamblea Nacional- ni se da por aludida. Claro está, como los diputados hacen lo mismo, no se atreven a sancionar al magistrado, no sea que les asoleen los nombramientos turbios que tantos de ellos han procurado. (Por cierto, hay que ponderar las acciones del "Azote" Camacho en éste y otros casos, en los que ha asumido la defensa del interés ciudadano con gran valentía. Son actuaciones como la suya las que la ciudadanía espera de los diputados y otros autoproclamados dirigentes de la mal llamada "oposición").
En los años de la lucha contra la dictadura, uno de los estribillos que repetíamos en las calles decía: "Y las áreas revertidas: se las dan a las queridas". Nos referíamos a la compulsión de quienes estaban en el gobierno por entregar bienes del Estado a personas de su predilección, en detrimento del interés general, algo parecido a lo que hizo Wolfowitz, pero en proporciones muy superiores. No solo no se ha llevado a cabo una auditoría prolija del otorgamiento de dichos bienes (con toda probabilidad, saldrían a relucir bellezas, incluyendo la asignación irregular de propiedades a personas presuntamente comprometidas en la lucha contra la corrupción), sino que 17 años después del desalojo de la dictadura se mantiene inalterada, en la conducta de los funcionarios públicos, esa compulsión por favorecer a la parentela, a los compinches o a los compañeros y compañeras (la igualdad de sexos es importante) de mancebía. Mucho detrimento causa a la administración pública esa proclividad fatal, elevada a política de Estado por la dictadura de los militares y el PRD. ¿Hasta cuándo la seguiremos tolerando?
El autor es catedrático de ciencias políticas y fue director general de Política Exterior.
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