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Reportaje especial
Panamá, martes 1 de mayo de 2007
 

SEGURIDAD.

Ojo al fuego que estamos jugando conGrimaldo hijo candela

Guillermo Tatis Grimaldo hijo

Hace poco me referí por este mismo medio a los factores de la inseguridad, y lo enfoqué a las circunstancias de ese momento, que son entre otras, la incapacidad de la Policía Nacional para ofrecer umbrales tolerables de seguridad, la presencia cada vez más osada de la delincuencia con contundentes delitos, pero también a la casi benévola actitud de las autoridades administrativas y judiciales con los malhechores, y la interminable retórica de organismos internacionales y locales sobre la delincuencia y sus causas.

No obstante hay en el ambiente un afán sostenido de negar la necesidad de contar en el país con estamentos especializados y competentes en seguridad y defensa, externa e interna, inteligencia de Estado, seguridad de fronteras marítimas y terrestres, inteligencia policial e investigación judicial, así también la negativa a elaborar una legislación más severa en materia penal y adecuar prisiones que permitan la rehabilitación y resocialización de criminales dentro de ellas.

Aquí no estamos viviendo en el edén, los criminales tienen que cumplir sus sentencias dentro de las cárceles porque esa es una deuda que han adquirido con la sociedad, independientemente de que con ello se logre rehabilitarlos o no, o si con cárcel el crimen se ha reducido o no.

El Estado tiene que asumir los retos planteados por el crimen. Para afrontar esas responsabilidades necesitamos que las condenas se cumplan con rigor, que la Fuerza Pública esté bien dotada, entrenada y con capacidad de responder a las amenazas que llegan por doquier. No podemos seguir pensando que es obligación de Colombia y Costa Rica custodiarnos las fronteras. Ni creer que la Guardia Costera norteamericana tiene la obligación de vigilar nuestras aguas territoriales. Qué esperamos para poner en acción el Servicio Marítimo y el Servicio Aéreo? Es necesario aprovisionarlos apropiadamente para que se ocupen privativa y efectivamente de la custodia de las aguas, costas y fronteras nacionales, y asignar a la Policía Nacional exclusivamente al orden público interno. La PTJ, un cuerpo esencial en las investigaciones judiciales, hoy no sabe qué camino seguir, se le cambian y reducen competencias, se les desvalija de sus armas, se soslaya su capacidad operativa, se humilla a sus funcionarios. ¿Qué perseguimos con eso? Hoy día el hampa no recibe a nadie con flores. Me atrevería a sugerir que la PTJ se convierta en un cuerpo técnico dentro de la Procuraduría como cualquiera otro departamento y que en lugar de aquella se cree una estructura administrativa de seguridad. Las evidencias indican inequívocamente que la delincuencia nos habrá de ganar la partida si no actuamos con la altura que las circunstancias reclaman.

Entendemos y compartimos la suspicacia de la sociedad civil sobre estos temas y los argumentos planteados con dureza inflexible por el director emérito y columnista de número de este prestigioso diario I. Roberto Eisenmann, en opiniones vertidas respecto a los temores y sospechas de volver al militarismo, que con el solo atisbo de reforzar estos organismos se encienden las alarmas, pero no podemos confundir, primero, la defensa y seguridad del Estado con militarismo; y segundo, para solo mencionar uno, Estados Unidos tiene el mejor sistema, equipo y personal de seguridad, defensa y ataque del mundo y por eso nadie osa insinuar siquiera que rayan los confines del militarismo.

El militarismo no es el resultado per se de la existencia de entidades militares o de seguridad, este fenómeno obedece más bien a siniestras intenciones de unos y tolerancia villana de otros. El militarismo tuvo su protagonismo en varias épocas de la historia patria, de forma directa o solapada, la tuvimos también con los comandantes Chichi Remón y Lilo Vallarino, más porque los civiles amigos se lo permitieron que por otras razones. No solo el ex presidente Arias sufrió la influencia del militarismo, también la padecieron los presidente Chanis, Chiari y Robles entre otros de una larga lista, y, desde luego, el pueblo panameño.

En América Latina, el militarismo tuvo un protagonismo brutal y sangriento, sin embargo, en ninguna de esas naciones se abolieron ejércitos o agencias de seguridad, vital para la seguridad ciudadana y la integridad de la república misma. Las acciones son conocidas por todos; en cada uno de esos países se depuraron esos organismos y se castigó a los responsables. Ahora, después de muchas luchas, esos países gozan de plenas democracias, pero no están exentos de peligro, por eso son incansables en los objetivos de vigilar y reforzar sus democracias, que es la obligación que tenemos con la nuestra.

La experiencia fue suficiente, diría que aquello fue el precio que se debió pagar para alcanzar la madurez política y ciudadana. La democracia, sus instituciones políticas y la constitucionalidad vigente en nuestro suelo no tienen marcha atrás; el país nos llama ahora a ocuparnos del fortalecimiento de nuestra democracia, de las libertades civiles, de la seguridad ciudadana, de igual forma, a exigir transparencia, responsabilidad y cumplimiento a los líderes del Gobierno.

El autor es diplomático



 
 
 
 
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