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Panamá, martes 1 de mayo de 2007
 

EL MALCONTENTO.

‘Houston, tenemos un problema’

843127Paco Gómez Nadal

Strephen Hawking no es sospechoso de pesimismo. Alguien que durante cuatro décadas vive en silla de ruedas, con mínima capacidad de movimiento y alojando un cerebro tan brillante como el de este astrofísico británico debe ser un optimista sin límite.

Quizá por eso, su visión lúgubre sobre el futuro de la especie me ha generado tanta desazón. Yo pensaba que en la clasificación internacional de cenizos pesimistas mi nombre figuraba en el top ten. Eso me generaba una especie de orgullo original y compensaba mi tristeza existencial. Normalmente, me siento como Lilú, la protagonista de El Quinto Elemento, cuando en su intento de entender el planeta Tierra llega a la letra w de war y las lágrimas le corren por esas bellas mejillas sepultando su energía destinada en origen a evitar la destrucción del ser humano. "¿Para qué salvarlos si luego se van a matar entre ellos?", se pregunta Lilú. En su caso, encuentra la esperanza en sexo encapsulado con Bruce Willis, lo que habla del conformismo de algunas mujeres y de las pocas opciones vitales que tenemos en general.

Si yo hiciera la pregunta no tendría el mismo efecto -imposible compararse con la espectacular Milla Jovovich y desde luego cero excitación williniana-, pero el hecho es que sí acumulo la angustia, el "resentimiento trágico de la vida".

Hawking, en la misma línea, convencido de que estamos condenando al planeta de forma irreversible, ha querido llamar la atención sobre la necesidad de buscar hogar en el espacio interestelar y para ello hizo esta semana un vuelo en ingravidez. Su cara de felicidad sólo era comparable a la de aquel que descubre que el piano que lleva a los hombros es de cartón.

El llamado del científico coincide, además, con el descubrimiento hecho por un grupo de investigadores europeos que han localizado una planeta con temperaturas similares a las de las arrasadas playas de Punta Chame y donde, si los estudios preliminares no fallan, hay lugar para los deportes acuáticos -¡Viva! Podemos instalar allá un delfinario interestelar-. Es decir: podemos mudar la casa.

Leyendo sobre todo ello, mi desazón no cejó en su crecimiento. ¿Cómo que tenemos que mudarnos a otro planeta?, ¿cómo huir tirando la puerta sin antes tratar de salvar lo que tenemos?, ¿cuál es el problema: el planeta o nosotros?

La respuesta es clara: cambiar de planeta es reconocer el fracaso del ser humano y pecar de una miopía cuasi galáctica. Bueno, también es aplazar el problema, porque en otros tres o cuatro mil años, los humanos replantados habrán destruido la nueva residencia: océanos inmundos, tierras arrasadas y torres con vistas a la destrucción.

El problema, doctor Hawking, somos nosotros. Lo que propone este respetado científico es equivalente a comprar un nuevo apartamento cuando al actual se le descubren fallas de plomería y electricidad.

El calentamiento global es un recalentón bien humano y Al Qaeda no tiene ningún problema en mover su sede. Por tanto, con la mudanza nos llevamos los males.

La buena e ingenua noticia es que estamos a tiempo de revertir el fenómeno de la autodestrucción. Como en las películas de la agonía, el reloj ya está en la cuenta atrás y la solución no está en 300 hombres de pecho abultado y gesto mudado; tampoco en guerras pendejas para acabar con el Otro; menos aún en esa furia colonizadora de planetas tan similar a la historia de la Humanidad.

Los europeos, cuando habían esquilmado lo propio, colonizaron a sangre y sable América y África hasta desecarlas de recursos y de almas joviales. Los norteamericanos (europeos renombrados) quemaron a cuanto indígena se encontraban en su conquista del oeste y del oro del oeste. Los suramericanos practicaron la tierra quemada para empujar fronteras … En conclusión: los bichitos galácticos deben estar prestos a defenderse de nosotros si el llamado de Hawking tiene éxito. Por si acaso, el cine estadounidense se ha encargado de demonizar a los posibles extraterrestres para que el día que tengamos que machetearlos no alberguemos pesar alguno.

La solución, entonces, empieza con la lucha abierta contra el calentamiento global, con la firma y aplicación del tratado de Kyoto -ese que a Washington le sabe a cable pelado-; con el cambio de conducta personal en nuestras vidas cotidianas; con el regreso a las ciudades de escala humana y con humanos que no quieran escalar tanto; con la reconversión de la industria a la producción limpia; con el consumo moderado y la contención del plástico chino… en fin, con todo lo que no vamos a hacer porque, en el fondo, todos somos cortoplacistas y nos gusta vivir bien ahora y que las generaciones futuras vean como se las apañan.

La ingravidez de Hawking es el síntoma de la gravedad del asunto. En Panamá hay una batalla en este terreno y aunque las fuerzas del mal -la Guerra de la Galaxias terrenal- se empeñen en ver ecoterroristas en cada esquina, en este caso matar al enemigo no resucitará la Tierra. Hoy en la NASA de Hawking se escucha de nuevo: "Houston, tenemos un problema". El mensaje, en esta ocasión, llega desde nuestro planeta.

El autor es periodista



 
 
 
 
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