Los subsidios deberían ser el último recurso del que se echa mano para tratar de solucionar problemas. En algunos casos son justificados, pero no hay que olvidar que son de recursos limitados y solo dan resultado por corto tiempo. Los problemas que ocasiona el aumento del combustible no es exclusividad de los transportistas.
Muchas empresas y personas deben afrontarlo lo mejor que pueden. Por ello, ofrecer subsidios a los transportistas es una sonora bofetada a los usuarios, que ya vieron cómo se fue al traste la posibilidad de que –mediante reformas a la ley– entraran otros actores a prestar un servicio público y necesario.
Esta Administración parece haber olvidado a las 18 personas que murieron carbonizadas en uno de estos autobuses. ¿Hasta cuándo el gobierno se someterá a la insaciable codicia de estos dictadores del volante, que pretenden todo para ellos y nada para el usuario? ¿Qué mensaje envía ofreciendo subsidios a un sector que ha dado vergonzosas muestras de ineficiencia, inseguridad y desprecio por sus clientes? La palabra complicidad viene a la mente.
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