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Reportaje especial
Panamá, viernes 27 de abril de 2007
 

CARTAS DESDE EUROPA.

El nuevo zar

Camilo José Cela Conde

Una insuficiencia cardiovascular poliorgánica ha enviado al primer presidente de la Rusia postmoderna, Boris Yeltsin, a la tumba. En la Historia llevaba ya bastante tiempo, aunque el juicio definitivo, el que se unirá a su figura, está por hacer. En Yeltsin coinciden elementos contradictorios —tal vez algo inevitable en el alma rusa— que le convierten alternativamente en héroe y en villano. Fue un héroe subido al tanque aquél, junto al Parlamento de Moscú, cuando las fuerzas reaccionarias intentaban parar la perestroika con un golpe de Estado.

Se convirtió en un villano borrachín y tumultuoso una vez investido como nuevo zar. Porque la ficción de que Yeltsin llevó la democracia a Rusia no admite una crítica seria. El hombre más odiado de la Rusia contemporánea es Gorbachov, quien en verdad dio la puntilla al régimen soviético. A partir de ese gesto tan necesario como traumático, Yeltsin heredó los pedazos de un imperio que se desmoronaba y lo convirtió a la religión de la economía de mercado y el régimen parlamentario sin que hiciese falta cambiar por completo los usos de la dictadura anterior.

Capaz de nombrar a su delfín como solían hacer los presidentes soviéticos, controlador con mano férrea de los despojos del sistema del soviet, la Rusia actual es mucho más un resultado de la voluntad —o el azar— de Yeltsin que de Gorbachov. El detalle de que su sucesor, el presidente Putin, fuese en tiempos un funcionario del aparato estatal de espionaje y represión, deja muy claro qué ha cambiado y qué no en esta Rusia contradictoria y sorprendente. Tal vez lo más difícil era conseguir que el propio Estado sobreviviese a la caída de la dictadura y eso, al menos, Yeltsin lo logró. De forma un tanto brutal, reduciendo el nivel de vida a unos mínimos asfixiantes, pero lo logró.

Cuando pude hacer de testigo presencial comprobé que Moscú era, en esa situación nueva, una ciudad extrañamente superviviente dentro de un Estado al que solo de manera formal cabía dar por algo en pie. Con los sueldos de la clase media que sustenta toda democracia por los suelos, era la picaresca la que permitía sobrevivir. No se pagaban impuestos, ni apenas alquiler, o luz, o agua, o calefacción, o teléfono. Una chaqueta costaba, en los almacenes de nombre occidental, lo mismo que todo un mes de paga de un médico, un policía o un profesor. Pero en Moscú se vendían más Mercedes 600 que en ninguna otra ciudad del mundo y abundaban allí los millonarios de treinta años. Se reunían en los bares de moda, como el irónicamente llamado Red Bar —aún conservo un posavasos con ese nombre— para hablar de lo que compraban a título de afición, como un club de fútbol.

Si en Rusia hubiese hoy una democracia de verdad, aparecería una paradoja más: la de la victoria cómoda, quizá, del partido que ofreciera la vuelta atrás en el tiempo a los momentos aquellos en que no había MacDonalds ni coches occidentales en Moscú, pero la inmensa mayoría de la gente vivía mucho mejor que ahora. ¿Cabe echar la culpa a Yeltsin? Karl Marx lo negaría de forma airada. Aunque se sorprendería, imagino, de lo que está pasando ahora, con esos zares redivivos a los que la mafia planta cara. O tal vez no. Porque la Historia, y el padrecito Marx nos lo advirtió también, nunca se repite sin convertirse en caricatura.

El autor es escritor



 
 
 
 
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