| JUSTICIA.
Duke, ‘lacrosse’ y escarlata:
Desmond Harrington Shelton
Hace más de un año, tres jugadores del elitista deporte sobregrama lacrosse fueron falsamente señalados por una supuesta prostituta de haber sido "sodomizada" por éstos en una fiesta de corte espartano. Peor aún, eran de la académicamente privilegiada Universidad de Duke; ocurrió en el aún monocromático sur de EU. Ella era negra y entre los acusados había estudiantes académicamente sobresalientes. Como coup de grace, eran blancos, guapos y del equipo universitario entre los mejores en la NCAA en todo su país ese año. No importaba de qué lado deambulaba la verdad y el beneficio de la duda.
Estas dos fueron eclipsadas por la ambición de abogados y figuras (de todo color) robando cámaras; varios medios influyentes ya tenían el patíbulo preparado para lincharlos ante millones de televidentes y el ciudadano norteamericano de todo estrato social estaba siendo fácilmente seducido por éstos a ser cómplice de juzgarlos sin el debido proceso. Es más, la firma bursátil de renombre en Wall Street, JPMorgan Chase, le rescindió aquel abril una oferta de trabajo al jugador estrella, David Evans, quien estaba a punto de graduarse con honores.
Mientras escuchaba a varios comentaristas de televisión como Nancy Grace (CNN) lanzando a los tres jóvenes al calabozo, me empezaban a desfilar por la memoria algunas anécdotas de mis padres. Por ejemplo, cuando se referían al McCarthismo de los años 50 en EU, y mencionaban el caso de un congresista que alegremente arruinó miles de reputaciones con su cacería televisada de brujas (o comunistas). Después de sus charadas de años, ningún verdadero "rojo" había sido pescado; él terminó en el manicomio al mismo tiempo que no hubo restitución para los inmerecidamente señalados. Desfilaba también en mi mente la magistral obra de Hawthorne, La Letra Escarlata.
Me impresionaba la fuerza que sacaban estos tres muchachos al intentar continuar sus vidas cuando un año entero de su juventud habían sido secuestrados y habían sido lanzados a algo peor que una pesadilla sin haber sido enjuiciados. Mas aún, contrario a la década de los 50, de Joseph McCarthy, ahora casi todo hogar norteamericano tiene más de un televisor y los noticieros son 24/7/365 e in situ.
Sin embargo, hace dos semanas, el procurador de Carolina del Norte echó el caso al cesto, retiró los cargos y pidió disculpas a los tres jóvenes por el afán rasputino por parte del fiscal encargado de vejar la verdad para meterlos presos a toda costa ya que era año electoral para este último.
Somos críticos del coloso del norte, especialmente ahora en este mundo unipolar. Sin embargo, lo deberíamos aplaudir por su Órgano Judicial; elemento vital para toda sociedad si quiere incursionar al primer mundo. Ese órgano es responsable de una población 100 veces más grande que la nuestra, goza de una dinámica de auto corregirse más rápida que la a veces paleolítica justicia nuestra donde predominan la mora y la mala percepción por parte de la indefensa población a la que pertenecemos.
Es más, con la realidad judicial que vive nuestro país, si a estos tres muchachos les hubiera pasado lo mismo aquí, aún estarían detenidos "preventivamente" en nuestras cárceles/academias sin haberle visto la cara a un juez, simplemente porque elementos influyentes dentro de la opinión pública así lo desearían. Es más, nos consta a muchos que a varios de nuestros magistrados (y ex magistrados) les queda la toga bien grande y por algo es que se rumora frecuentemente en los pasillos de nuestra Corte, quién será el (la) siguiente al que le quitarán la visa.
En fin, la verdad prevaleció en Carolina del Norte y, afortunadamente, para estos muchachos su infierno duró solamente un año. Nadie les devolverá el tiempo perdido y largas serán muchas de sus noches en las que recordarán quiénes fueron sus contados fieles amigos, el inmerecido dedo acusador de otros, y las nuevas amistades que el hado les puso por delante gracias a esa infamia. Dan Evans, por ejemplo, acaba de recibir una envidiable oferta laboral de Morgan Stanley en Wall Street y su compañero de crisis, Reade Seligmann, se inmortaliza perdonando ante los medios a aquellos que le prendieron una letra escarlata sobre su cuello aquellos doce largos meses.
El autor es ingeniero en sistemas y telecomunicaciones
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