| YELTSIN.
El héreoe de su tiempo
Nina L. Khrushcheva
Boris Yeltsin fue absolutamente excepcional. Fue el primer dirigente de Rusia elegido democráticamente y también el primer dirigente ruso que cedió el poder voluntaria y constitucionalmente a un sucesor, pero también fue un dirigente ruso profundamente característico. Pedro el Grande, Catalina la Grande, Alejandro II, Peter Stolypin (primer ministro del último zar), Lenin y Stalin, recurriendo, todos ellos, a diversas combinaciones de carisma, habilidad política y terror, intentaron hacer de Rusia no sólo una gran potencia militar, sino también una igual, económica y culturalmente, que Occidente.
Yeltsin aspiró al mismo objetivo, pero sobresale de entre ellos en un sentido: entendió que el imperio era incompatible con la democracia y, por esa razón, estuvo dispuesto a abandonar a la Unión Soviética para intentar construir un orden democrático en su país.
En el momento culminante de la carrera de Yeltsin, muchos rusos se identificaron con su franqueza, impulsividad y susceptibilidad ante las ofensas e incluso con su debilidad por el alcohol y, sin embargo, en los últimos años de su gobierno, su reputación se desplomó. Sólo en los últimos meses de su segundo mandato presidencial, después de lanzar la segunda guerra en Chechenia en septiembre de 1999, recuperaron cierta legitimidad él y sus lugartenientes ante el público ruso, al tiempo que causaban repugnancia entre muchos de los admiradores occidentales que les quedaban.
Sin embargo, pese a sus caprichos, Yeltsin mantuvo a Rusia con un rumbo de amplia cooperación estratégica con Estados Unidos y sus aliados. Aunque se opuso al uso de la fuerza por parte de los EU contra Irak y Serbia en el decenio de 1990, su gobierno nunca abandonó oficialmente el régimen de sanciones contra esos dos países. Además, no se recurrió ni deliberada ni accidentalmente a las armas nucleares y ninguna guerra en gran escala –del tipo de las que asolaron la Yugoslavia poscomunista– estalló entre Rusia y sus vecinos, aunque varios de estos estuvieron inmersos en conflictos internos o regionales en los que la mano de Rusia resultó visible.
Las tareas que afrontó Yeltsin cuando alcanzó el poder en 1991 fueron monumentales. En varios momentos decisivos, llegó a ser la única persona que pudo afrontar los empeños de transformar a Rusia de una dictadura a una democracia, de una economía planificada a una de libre mercado y de un imperio a una potencia media. En 1992, cuando la naciente Federación de Rusia se tambaleaba al borde de un desplome económico y monetario, optó por la reforma radical, lo que provocó una reacción contraria de los grupos de intereses creados. En los años siguientes, se inclinó hacia la economía liberal, siempre que se sintió con suficiente poder para hacerlo.
Yeltsin fue un producto quintaesencial del sistema soviético, por lo que su viraje hacia la democracia y el mercado libre, aunque imperfecto, resulta aún más milagroso. Fue hijo de un trabajador pobre de la construcción y tuvo un ascenso meteórico por la jerarquía comunista hasta llegar a jefe del partido en la ciudad industrial de Sverdlovsk (ahora Yekaterimburgo) en los Urales. A diferencia de muchos otros dirigentes del partido, tenía facilidad para hablar con las personas comunes y corrientes, habilidad que lo ayudó a obtener apoyo y más adelante poder, pero no dio muestras de poner en entredicho la jerga burocrática marxista-leninista que se debía recitar en los actos públicos.
Sólo después de que Mijail Gorbachov convocó a Yeltsin en Moscú en 1985 comenzó este último a diferenciarse de las docenas de antiguos apparatchiks del partido. Al sentir la profunda frustración de la clase media en potencia de Moscú, Yeltsin no tardó en ganarse fama de crítico severo, aunque no siempre coherente, de la vieja guardia del partido.
Quienes hacían campaña en pro de la democracia admiraban la lucha de Yeltsin contra los conservadores del politburó: en particular, desde que fue expulsado del círculo del poder en el partido en noviembre de 1987. Decidido a superar a Gorbachov como reformador, convenció a los liberales para que vencieran su desconfianza de sus modales provincianos. Ellos le dieron lecciones de teoría democrática, mientras él les daba consejos tácticos.
A medida que la Unión Soviética iba desintegrándose, al esforzarse sus 15 repúblicas por escapar de ella, Yeltsin se hizo con la dirección de la mayor –la Federación de Rusia–, lo que lo situó en una alianza táctica con los paladines de la independencia de Ucrania, los Estados bálticos y Georgia.
En junio de 1991, tras sofocar varios desafíos a su dirección, llegó a ser el primer Presidente democráticamente elegido de Rusia; dos meses después, el poder real pasó a sus manos, tras el fracasado golpe contra Gorbachov de agosto de 1991 por parte de los conservadores que intentaban impedir la desintegración de la Unión Soviética. Para la mayoría de los occidentales y para muchos rusos, su mejor momento llegó el 19 de agosto de aquel año, cuando se subió a un tanque fuera del parlamento ruso y desafió a los extremistas que habían tomado el poder.
Pero el propio Yeltsin nunca logró deshacerse totalmente de los grilletes intelectuales del pasado. Como Presidente, hablaba de los resultados económicos como si se pudieran aumentar por decreto. Como la mayoría de los rusos, quería las ventajas materiales del capitalismo, pero no respetaba demasiado ni entendía el Estado de derecho y la dispersión del poder, gracias a los cuales funcionan las instituciones capitalistas.
Aun así, durante la mayor parte de su presidencia, Yeltsin mantuvo vivo –aunque con muchas retiradas tácticas– el objetivo de la reforma económica. En determinado momento, tuvo la sensación de que sólo se podría dar rienda suelta al potencial de Rusia si el Gobierno se enfrentaba –o "compraba"– a los intereses creados –militares, industriales y agrarios– que se interponían en su camino. La ortodoxia económica aplicada después del desplome de 1998 puso los cimientos para el sostenido auge ruso de la actualidad.
La tragedia de Yeltsin –y de Rusia– consistió en que, cuando el país necesitaba un dirigente inspirado y decidido, con lo que se encontró, en realidad, fue con un agente político ágil. Al no permitir que Rusia se desintegrara en la anarquía o retrocediera hasta el autoritarismo, Yeltsin mantuvo el camino abierto para que algún día surgiera esa clase de dirigente. Por desgracia, ese hombre no es su sucesor elegido a dedo, Vladimir Putin, que se ha limitado a perpetuar los círculos viciosos de la historia rusa.
Project Syndicate. La autora es profesora de asuntos internacionales en la New School de la Ciudad de Nueva York
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