| LA TELEVISIÓN.
Un enemigo en casa
Francisco José Horna M.
Un joven de 12 años ya ha visto en la televisión un promedio de 14 mil asesinatos, 600 homicidios, 400 tiroteos y un sinnúmero de escenas que lo llevan a racionalizar la violencia y el crimen como algo "natural". Este "aparato siniestro", como muchos le llaman, bien pudo llegar a ser sinónimo de cultura, espiritualidad y valores morales, sin embargo, y, por desgracia, se ha convertido en la mayor influencia negativa de nuestra época. Tomemos como ejemplo los dibujos animados. En ellos, salvo algunas excepciones, el niño presencia toda clase de escenas violentas, personajes cada vez más grotescos y mensajes subliminales con un contenido altamente negativo. Cuando esto ocurre, el adulto no está presente. El niño decodifica el mensaje en solitario. Solo e indefenso, es expuesto a una vorágine sucesiva e interminable de imágenes, sonidos y mensajes que saturan su frágil y vulnerable cerebro y que, como un cincel sobre el mármol, moldean en su mente una forma de comprender la realidad que él, evidentemente, incorpora como correcta. Esto le produce agresión, temor y, lo más peligroso, la insensibilización a todo acto violento.
Según un artículo publicado por Le Figaro: "El 19 de diciembre de 1997 en Japón, miles de niños llenaron los hospitales con extrañas manifestaciones después de ver el programa de televisión Pokemón. Los síntomas: espuma por la boca, ojos en blanco y mucho miedo. El comentario más fuerte fue que las convulsiones y alteraciones en el comportamiento fueron producidas por imágenes que inducían a estados de hipnosis. Este acontecimiento sin precedente sacudió miles de conciencias.
Sacerdotes y sicólogos italianos, franceses y daneses analizaron estas caricaturas y encontraron mensajes subliminales al igual que en muchos otros personajes de caricaturas similares. En España, se hicieron estudios con 200 niños entre seis y 12 años durante un período de seis meses. Solo 100 de ellos estarían expuestos a estas caricaturas y los otros 100 estarían totalmente exentos de verla. El 87% de los que sí las vieron se mostraron violentos, intolerantes, agresivos, flojos y con poca concentración; el otro 13% reflejó una actitud desinteresada y sin deseos de aprender. Todos protestaron por ir a la escuela. Enfrentemos la cruda realidad, mucho de lo que vomita el nefasto aparato, novelas, series de televisión, películas y talk shows lleva consigo el virus de la decadencia moral y espiritual. Películas proyectadas en las salas de cine prohibidas para menores de 14 y 18 años, tiempo después son transmitidas en la televisión a las 7 y 8 de la noche y consumidas por menores de edad con la complicidad ignorante de padres que a su vez son el producto terminado de la maquinaria mediática.
La televisión cada día se degenera más. Cuando cada cierto tiempo surge una voz que busca alertar a las masas, los medios televisivos enarbolan la bandera de la "libertad de expresión", y se protegen al no propiciar ningún debate donde se analice la problemática y las secuelas que subyacen detrás de su controvertida programación. Poco a poco, esas voces callan rendidas e impotentes ante el poder del conglomerado mediático y de manera silenciosa e inadvertidamente continúa proyectando su perverso mensaje. El pueblo se encuentra desamparado ante poderes ocultos inmensamente influyentes. Nuestros gobernantes, cómplices silenciosos, no tienen ni el poder ni la voluntad para atacar el problema.
La voz del sacerdote, en el pasado emitida con autoridad, es ahora un débil susurro que ya no les causa temor alguno. Los directivos de las grandes cadenas de nuestro país, peones al servicio del conglomerado mundial de medios, han vendido su alma por lo único que para ellos tiene algún significado: el rating. Han transformado al hombre que aún razona en una especie en vías de extinción, sus valores e ideas sobre el bien y el mal son manipuladas arbitrariamente con mensajes que corrompen sus sentidos y envenenan su alma y que no conducen sino al consumismo generalizado de productos e ideas superfluas y alienantes con un alto sentido amarillista.
Si no hacemos algo, nuestra sociedad, incapaz de reaccionar, marchará inevitablemente hacia su destrucción moral y espiritual, ante la avalancha de sexo, droga, degeneración y violencia que se introduce en los hogares a través de esa aparentemente inofensiva pantalla.
Enfrentémoslo, la televisión ha tomado posesión de la sala y las recámaras y proyecta día tras día su hipnótico y mortal veneno embotando las neuronas de cada miembro de la familia con su pernicioso mensaje. Es como un virus, se esparce y contagia a toda la sociedad que lenta e imperceptiblemente se consume entre asesinatos, drogadicción, corrupción y desenfreno.
El hombre promedio lo ignora todo, no tiene la más remota idea de las proporciones del drama que lo envuelve y del férreo control que la televisión ejerce sobre su vida. Si continuamos indiferentes ante esta nefasta realidad, liberarnos de la subyugación mental de que estamos siendo objeto será demasiado tarde.
El autor es abogado y empresario
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