| NEFASTAS POLÍTICAS DE EU.
Complicidad criminal
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Asumo el riesgo de perder la visa, pero considero que es un deber ético de la justicia mundial denunciar y juzgar al presidente Bush por crímenes de humanidad. Sus nefastas políticas referentes a guerras preventivas (Irak), a la inseguridad de sus habitantes ante catástrofes naturales (New Orleans), a las penas de muerte (Texas) y a la tenencia privada de armas de fuego (todo el país) han causado y siguen causando el fallecimiento de mucha gente inocente, dentro y fuera de las fronteras del imperio estadounidense. De enumerar todos los decesos, pocas epidemias rebasarían esta cuota homicida. Pero es que, además de su bélica personalidad, es un individuo tarado. Esta combinación de cualidades es aún más peligrosa. Posterior a la masacre de 33 alumnos en el estado de Virginia, este estólido vaquero se dirige a la nación y expresa, con aparente rostro compungido, que lamentablemente esas pobres víctimas estaban en el lugar incorrecto y en el momento incorrecto (wrong place, wrong moment). Soberbia estupidez. ¿Dónde más pueden estar los estudiantes en días hábiles y horas matutinas? Quizás, como él tenía antecedentes de ausentarse de la escuela y ser aficionado al alcohol o la marihuana, se habría podido salvar de las balas de algún inadaptado social. Pero, los jóvenes disciplinados y deseosos de adquirir conocimientos, con miras a dedicarse a actividades profesionales, intelectualmente superiores a las políticas, estaban en el sitio y tiempo adecuados.
La génesis de esta despiadada violencia, Sr. Bush, se puede encontrar en la legislación que permite comprar y portar armas a casi cualquier particular, en el habitual lenguaje guerrero del Partido Republicano y en la difusión de tanta brutalidad en programas televisivos y videojuegos. Así de simple. Con esa férrea defensa del libertinaje individual que permite comerciar lo que se antoje, la seguridad colectiva está constantemente amenazada. Armas y cigarrillos son dos de los principales asesinos, pero no se prohíben porque el sucio dinero, generado por sus ventas, compra la corrupta conciencia de gobernantes y diputados a nivel mundial.
¡Qué incongruencia! Las decisiones de este homínido tejano aniquilan numerosos civiles que no desean morir, pero a los que desean concluir su existencia de forma digna, mediante eutanasia compasiva, se les impide. En sus aeropuertos se mancilla alegremente la intimidad y dignidad de los turistas, revisándoles todos los orificios naturales, faltando solo, para ahorrarnos la consulta anual, contratar a médicos urólogos para encontrar dispositivos terroristas incrustados en el sacro. En contraste, las universidades norteamericanas, en vez de templos de conocimiento y progreso, son santuarios de violencia, drogadicción y alcoholismo. Tantos costosos organismos de inteligencia para, supuestamente, evitar tragedias como la ocurrida en el campus pero, en el momento crucial, los mecanismos protectores sufren una ridícula inercia. Este joven coreano ya había sido considerado enfermo mental, potencialmente peligroso, por una corte de la ciudad y había tenido múltiples incidentes de violencia dentro del mismo instituto politécnico. Es más, se dio el lujo de enviar correspondencia gráfica de su aberrante conducta entre cada aluvión de tiroteos y nadie activó las alarma salvadora.
Se estima que, en Estados Unidos, existen aproximadamente 200 millones de armas de fuego en manos particulares. El negocio es redondo. Uno de cada tres norteamericanos está armado y en el 40% de los hogares hay un arma. La evidencia indica que, cada año, las pistolas ocasionan unos 17 mil suicidios y 700 accidentes domésticos fatales. Estas estadísticas son marcadamente inferiores en Japón, Canadá y países europeos occidentales, naciones con leyes restrictivas sobre posesión de armamento. En 1992, según fuentes policiacas, había cerca de 245 mil licencias federales en manos privadas. Cuando Bill Clinton subió al poder, se aplicó un control más riguroso a la concesión de licencias y comenzó a exigirse a solicitantes fotografías y huellas digitales, además de aumentarse las tarifas. Tras la tragedia ocurrida en 1994 en la escuela secundaria Columbine, de Littleton, Denver, Clinton prohibió totalmente las armas de asalto. En 2004, sin embargo, la ley caducó y no la renovaron, por lo que volvieron a ser legales. Tres años después de esta desacertada liberación, ocurre la masacre de Virginia Tech, en Blacksburg.
Me pregunto, ¿para qué un ciudadano necesita un arma de fuego? Para defenderse, dirán los portadores. Si se decomisaran todas las armas de sujetos particulares, intercambiándolas por dinero, comida o útiles escolares, se prohibiera totalmente la venta al público, se hiciera una verdadera regulación del contrabando y se dotara de armamento especial a la policía, habría una reducción significativa de las muertes asociadas. Me atrevería a asegurar que son más los accidentes mortales involuntarios por posesión de armas de fuego que los sucesos prevenidos por actuar en defensa propia. El vivir armado no garantiza la seguridad personal. Se requiere de mucho entrenamiento y una aptitud psíquica excepcional para que el arma en manos de la víctima de un delito sea una ventaja a su favor. Para cazar animales, dirán sus aficionados. Más que entretenimiento, esta actividad es un salvajismo e instinto depredador de la especie humana. ¿Es que no tienen derecho de existencia los seres vivos que no pertenecen a nuestro árbol genealógico? Para practicar el tiro al blanco como deporte, dirán sus fanáticos. ¿No podríamos ejercer este deporte con balas de salva o balines inofensivos? ¿O es que nos cautiva la cercanía al más allá?
Desde que George Bush subió a la Presidencia, la violencia en el mundo anda en estadísticas desproporcionalmente peligrosas. Tanto los regímenes comunistas como fascistas tienen en su haber millones de muertes en la historia precedente. Por tanto, la criminalidad no es un asunto de ideologías sino de hombres. La buena noticia es que le faltan menos de 18 meses de mandato para cometer adicional imbecilidad. Lo malo es que, en año y medio, este macabro ejemplar, autodenominado mensajero de Cristo, puede propiciar un odio irreversible entre civilizaciones que nos fulmine para siempre. La cuantiosa gente decente de Estados Unidos y del resto del globo terráqueo no se merece tan absurdo despropósito. Basta ya.
El autor es médico
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