| VENEZUELA.
La tiranía como enfermedad
Oswaldo Álvarez Paz
La masacre del 11A-02 en los alrededores del Palacio, ordenada personalmente por el Presidente, como consta en grabaciones directas y testimoniales de los jefes militares de entonces, dejó una huella dolorosa en el alma de la Venezuela libertaria. Por estos días habrá nuevos y mejores análisis, pero aún reclama justicia por unos crímenes que no prescribirán jamás ni ante la ley ni en el alma popular. Varios factores provocaron aquella confrontación. Otros, tan graves o peores que aquéllos, plantean retos tremendos frente a la dictadura. Ha pasado de todo. Asesinatos, persecuciones, torturas, presos, exilados, violaciones descaradas a los más elementales derechos humanos, inseguridad máxima de personas y bienes, destrucción del esquema institucional del país, despilfarro, ineficiencia, corrupción son algunos de los condicionantes de este tiempo. El régimen, pues, tomó el único camino posible para mantenerse.
La violencia física e institucional, la represión indiscriminada y la entrega del país al Castro-comunismo que dirige hoy, entre otras cosas, la política militar y exterior de Venezuela. Mediante el fraude y el ventajismo estructurales llegó incluso a cerrar las vías electorales para cualquier cambio. Hugo Chávez está enfermo de tiranía.
El mal es incurable. Su salida del poder es indispensable para que no muera la República. Este pueblo nuestro tiene sed de libertad y, desgraciadamente, solo el fin del régimen podrá calmarla. Se han cometido muchos errores para alcanzar ese objetivo y se han explorado diversos caminos constitucionales y democráticos. Las intenciones pueden haber sido perfectas, pero los seres humanos no lo son, haciéndolas naufragar en medio de desviaciones, cobardías y corruptelas por las que deberán responder unos cuantos integrantes de las élites, nuevas y viejas, políticas y económicas del país. Chávez no tiene propósito de enmienda, por lo que no debe esperarse rectificación alguna. Mantener el rumbo actual liquidará definitivamente a Venezuela como nación independiente y democrática. El tipo tiene claro su objetivo, pero turbada la mente. Cada día añade nuevas ofensas al desprecio que siente por quienes no son sus babosos sirvientes y desafíos mayores a la agotada paciencia de los verdaderos demócratas. Un verdadero reto a nuestra inteligencia, a nuestras convicciones y al coraje indispensable para luchar y triunfar. En esta hora tan seria de la vida nacional, toda omisión es complicidad.
El abuso de poder no tiene precedentes. Pide más y más como un náufrago delirante por los efectos del mal incurable que sufre. Sus caprichos y extravagancias, esas ansias de endiosamiento en su comportamiento público reflejan la terrible enfermedad de tiranía que padece. Hasta los más despreocupados ven en su actitud presagios de tiempos aciagos para todos, en la política y en los negocios. El descontento se multiplica. El enfermo no lo quiere aceptar, aunque lo está viendo y sintiendo.
Firmas Press. El autor es abogado y fundador del Partido Alianza Popular de Venezuela
|