El cuadro de pobreza que vive la población indígena en Darién es desgarrador: niños que no viven, solo subsisten, y cuya educación es solo un espejismo, pues en vez de ser los conquistadores del conocimiento, son en realidad vasallos del hambre y de la peor de las miserias. Son las víctimas de un sistema que los ha ignorado o, peor, que los ha marginado, cual ciudadanos de tercera.
Si estos chicos representan la esperanza de una de las provincias más pobres del país, entonces Darién sufrirá una condena injusta e inhumana, pues cuando sus hijos crezcan, el hambre los habrá convertido en víctimas de su propia penuria y su descendencia caminará una vez más por el perpetuo círculo sin norte. ¿Hasta cuándo estas familias soportarán ver, impotentes, cómo se marchita irreparablemente su propio futuro?
La paciencia tiene un límite y ya sabemos lo que ocurre cuando esta ya no puede contener la adversidad. Eso ha ocurrido en nuestra más cercana vecindad. El hambre es la semilla, no cosechemos sus amargos frutos. |