| OLEAJE MIGRATORIO.
Crimen y castigo
David Méndez
En los últimos meses, he tenido la sensación de que nuestro país está cambiando a gran velocidad. Al inicio llegué a pensar que mi impresión tenía que ver más con mi dificultad en aceptar cambios, pero no fue así; también mis amistades, algunos más jóvenes, pensaban igual.
La situación política de algunos países latinoamericanos ha provocado un oleaje migratorio hacia Panamá que espanta, colombianos escapando de la violencia, venezolanos huyéndole a Chávez, dominicanos en busca de una oportunidad, europeos de una segunda residencia, americanos jubilados de un menor costo de vida, y agréguele una cantidad de orientales, hindúes y judíos que mensualmente ingresan legal o ilegalmente a este pequeño país, en busca de un mejor futuro.
Con el megaproyecto de la expansión del Canal, una vez iniciado, veremos aún más el fenómeno migratorio y sus efectos en la sociedad y la economía. Panamá está cambiando y no podemos decir que para mejor, las calles se han quedado pequeñas, el agua no alcanza, las alcantarillas se han quedado obsoletas y el costo de la tierra y las viviendas se ha disparado, al punto de que la clase media pasa por problemas cuando quiere adquirirlas.
A esto se le agrega que las leyes son cambiadas caprichosamente para proteger a los inversionistas, y no importa si un edificio de 40 pisos se construye en un barrio residencial alterando la vida de sus residentes. No importa si la ecología se ve afectada en detrimento de nuestros recursos naturales. Así vemos cómo se ha impuesto la decisión -en contra de la opinión internacional- del permiso de captura de delfines, así como permitir la captura de atún en el área marina de Coiba, reserva de incalculable riqueza, además de ser patrimonio de nuestra nación y de la humanidad.
El derrame de petróleo en el área de Chiriquí Grande ha pasado desapercibido. Un verdadero desastre que debería llevar al cierre y compensación millonaria de la empresa responsable. Paradójicamente, aún queremos ser elegidos para la construcción de una refinería con la excusa de crear empleos miserables, sin importar que contamine más nuestros mares en las costas chiricanas, y que esta solo traiga limitaciones y pobreza a las poblaciones cercanas.
En esta misma semana se conoció de la devastación de una gran cantidad de hectáreas de mangle en la península de Azuero, ecosistema indispensable para el desarrollo de la cría natural del camarón y de muchas otras especies que enriquecen nuestros mares. Agréguele la decisión de urbanizar las reservas de bosques en el área canalera, ante el silencio del administrador del Canal y los empleados que dependen económicamente de él. Las islas se están vendiendo al mejor postor, no importa si se devastan bosques, manglares o reservas coralíferas. El dinero lo compra todo y las compañías multinacionales han notado que en nuestro país nuestras riquezas se venden por poco.
Todo crimen tiene su castigo, y lo que está ocurriendo en Panamá tendrá sus consecuencias.
En el Tuira morirán niños de hambre, pues no habrá qué pescar, sembrar o cazar. El padre indígena seguirá abandonando su hogar para buscar el sustento en la ciudad, lugar en donde no tiene la mínima posibilidad de lograrlo, solo caer en la miseria. El indígena no necesita que le lleven harina, basta que no le contaminen sus ríos, le quemen sus montes, le talen sus árboles o le alteren su estilo milenario de vida. En las ciudades el pobre será más pobre, el rico será más rico, pero la violencia en las calles los colocará en el mismo nivel, por lo que ninguno de los dos podrá disfrutar de lo que tienen.
El autor es pediatra neonatólogo
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