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Reportaje especial
Panamá, viernes 13 de abril de 2007
 

EXTREMISMO POLÍTICO.

Capitalismo y pobreza

José Brechner

Con el derrumbe del comunismo era inevitable el advenimiento de una ola masiva de delincuencia en los países del tercer mundo, porque el desposeído que veía una válvula de escape a su frustración material protegiéndose en los partidos de izquierdas sustentados por el poderío soviético, se encontró de golpe sin tener dónde ni con quién protestar, optando por el vandalismo, la destrucción y el saqueo. Nadie imaginó que en vez de entrar en la moderación, habría un virulento resurgir del extremismo político. Los líderes de la extrema izquierda aceptaron su derrota, pero sus seguidores no.

De las dos superpotencias solo quedó una que por la razón y no la fuerza, se impuso en el globo. Su éxito, basado en leyes justas, la libertad individual, la libre empresa y el derecho a la propiedad privada, es indiscutiblemente el mejor sistema que se haya probado en la historia para generar bienestar, justicia y felicidad, porque se adecua a la naturaleza humana. ¿Pero por qué un sistema que obedece a las necesidades naturales del individuo no encaja en el comportamiento de tanta gente en el orbe? Por lo menos hay tres razones: La primera es la ignorancia, la segunda es la corrupción y la tercera es el conformismo.

Ignorancia de lo que es la economía de mercado y el comportamiento de los sistemas bursátiles es el comienzo del problema. El capitalismo debe ser enseñado en las escuelas, -como ocurre en algunas de las mejores de Estados Unidos-, donde los niños aprenden a negociar en la bolsa de valores desde temprana edad, haciendo pequeñas inversiones en el mundo real y aprendiendo a ahorrar. Los comunistas y socialistas inculcaban las supuestas bondades de su sistema centralista desde temprana edad.

El segundo impedimento para lograr progreso y riqueza es la corrupción. Pequeña en los países desarrollados, grande en el resto del mundo. En este punto, el problema es de carácter moral y si la educación no es efectiva en el hogar, la iglesia y el colegio, el resultado es un desmedido afán de enriquecimiento ilícito en todas las capas sociales.

El tercer elemento, el conformismo del indigente que busca el apoyo estatal, es un problema difícil de superar, porque en países donde la mayoría está acostumbrada a sobrevivir con poco, la motivación hacia el trabajo efectivo es infructuosa, creyendo, –contra toda experiencia humana–, que se puede obtener algo a cambio de nada.

Echarle la culpa al sistema por la diferencia entre ricos y pobres, es una maniobra política de los radicales para hacerse del poder. El sistema capitalista bien entendido permite a todos generar y acumular riqueza, pero debe haber gobiernos serios, confiables, que permitan hacer inversiones sin que el ciudadano viva con el temor constante de una devaluación antojadiza, un corralito u otra movida financiera que empobrezca a muchos y enriquezca a pocos.

El camino hacia la riqueza y consecuentemente a la moderación política, está en la educación. Si se enseñan los mecanismos de funcionamiento de la economía libre y de los mercados bursátiles, con el tiempo se puede lograr que el capitalismo popular y democrático sea debidamente practicado en los países conflictivos y atrasados, permitiendo a toda la población acceder a las fuentes de riqueza, como sucede en las naciones prósperas. Seguidamente podemos creer que se puede alcanzar estabilidad, libertad, justicia y bienestar para todos. Si no se hace el intento, por lo menos en los países donde el nivel de instrucción permite introducir nuevos conocimientos, los extremistas de la izquierda seguirán echándole la culpa de los males del mundo al liberalismo económico, por más que sea la mentira más absurda predicada en la actualidad, porque los resultados de lo que funciona y lo que no, saltan a la vista.

Firmas Press. El autor fue diputado de Bolivia



 
 
 
 
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