Panamá: dos caras contrapuestas. Una radiante que muestra una economía pujante, inversiones, turistas, construcciones, desarrollo y crecimiento. La otra fachada es oscura, silenciosa y distante: muestra abandono, carencia, desesperación. Conocer que en la provincia de al lado, en Darién, nuestros niños emberá mueren de hambre estremece la consciencia social. No estamos haciendo lo suficiente y muy probablemente tampoco lo correcto.
Los planes no pueden centrarse en visitas aisladas, ni giras médicas ocasionales, ni ayudas alimenticias que escasean precisamente en la época en que ni de la tierra brota el sustento.
Las regiones que son hoy bolsones de pobreza –plenamente identificadas y clasificadas- merecen una atención integral y largoplacista, que realmente construya a futuro y que permita que la bonanza citadina impacte también en esos panameños olvidados que calladamente padecen una miseria inaceptable en un país próspero y vanguardista. Como sociedad civil nos corresponde reclamar una agenda social más efectiva y asimismo estar dispuestos a colaborar desde el sector privado para que esta dura realidad empiece a cambiar. Manos a la obra. |