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Reportaje especial
Panamá, miércoles 11 de abril de 2007
 

INDIFERENCIA.

De ambiente y ambientalistas

Adán Castillo Galástica

Dentro de poco celebraremos (¿?) el Día de la Tierra. Afirman los conocedores que el impacto y la velocidad del mundo global, o globalizado, propone, entre muchas, la siguiente contradicción:

Por un lado, el movimiento ambiental en sus diferentes escalas que van desde los contempladores investigadores, conservacionistas, etc., hasta los del extremo absurdo. Por el otro, la voracidad insaciable y casi ilimitada de los consorcios transnacionales, algunos de los cuales no sólo escapan al control de los gobiernos, sino que se han convertido en verdaderos monstruos supracontinentales sin más ley que la que ellos mismos fabrican e imponen. Lo único cierto en esta dicotomía es que el planeta se va encogiendo en sus recursos y posibilidades de sobrevivencia para todos, unos más temprano que otros, que el asunto no es igualitario. En consecuencia, me centraré en dos o tres puntos que estimo puntuales.

Veamos un ejemplo crucial: los alimentos. De pronto, en las pugnas por el elemento energético se va imponiendo la práctica de extender cultivos supuestamente dirigidos a reemplazar o complementar al hidrocarburo: soya, maíz, caña de azúcar y hasta el trigo. Para ello se requieren grandes extensiones de tierra, para lo cual ya las supranacionales de tal invento le tienen el ojo puesto a la Amazonía y a los macizos selváticos de la Lacandonia (antiguo imperio maya). El Darién nos lo vienen rumiando poco a poco. Se conoce que al fin y al cabo tales transgénicos no resolverán el problema alimenticio ni energético, pero sí las reservas de los grandes consorcios. Pero aquí no para la cosa. Devastadas las selvas tropicales, disminuidos los caudales de agua dulce, queda el mar. Y para allá vamos, caiga quien caiga.

Así, la última gran fuente de alimentos, el Mar, que aún es desconocido, va siendo víctima de la pesca enloquecida, persecución a sus habitantes, contaminación, etc. Las flotas pesqueras se han apoderado de los océanos bajo la protectora vigilancia de las de guerra. En otras palabras, las posibilidades de subsistencia de grandes zonas humanas, de plantas y animales, son cada vez más precarias. Y ahora viene lo bueno. Como quiera que el movimiento ambientalista más sensato y con basamento científico, en función del desarrollo del humano con sostenibilidad, ha venido creciendo sobre todo en las ultimas décadas, entonces los consorcios supranacionales han decidido arrebatar las banderas ambientalistas, o sencillamente aliarse con ellas a través de inimaginables fórmulas, en no pocos casos promoviendo confortables modos de vida. O sea, lo del lobo y caperuza vuelve a reeditarse corregido y aumentado, con abuela y todo. La consigna es tan sencilla como desoladora: "No toquen ustedes aquello que nosotros necesitaremos después". Los ejemplos están a la vista para quienes quieran verlos.

Hace poco una niñita desde Ecoportal, me escribía angustiosa sobre el "enjaulamiento terrible de los pobrecitos canarios". Una amiga sensible me comparte sus lágrimas por la "salvaje depredación de atunes, delfines, ballenas y tiburones por parte de las flotas asiáticas". Trato de consolarla diciéndole que tal vez también los niños hambrientos de todo el Cuarto Mundo (el de los excluidos), incluyendo nuestros tuberculosos ngöbes en la cordillera central, también urgían de algo más que lágrimas. ¿Cuántos de nosotros en Semana Santa, en medio de tanto rezo "reflexiones" y "recogimientos" brotamos alguna lágrima por los niños judíos o palestinos víctimas de una guerra tan cruel como interminable? Preferiría saludar al rebaño del padre Créstar Durán allá en San Francisco de La Montaña y muchos otros, quienes han aprendido a revolver la tierra con la fe; la producción de comida con la devoción.

En este camino, ni las supranacionales insaciables ni los ambientalistas in extremis tienen razón. Sencillamente, porque unos y otros, conscientes o no, estrangulan o entorpecen la sobrevivencia humana, porque no la tienen en cuenta; dentro de estas concepciones el humano no cuenta, peor si es pobre. No obstante, creo que existe un espacio, aquí en el terruño nuestro, para entender que la sobrevivencia se fundamenta en la relación humano-naturaleza, donde el primero tiene la forzosa obligación de comprender a la segunda y actuar con prudencia, tolerancia y sabiduría. A su disposición está su inteligencia, creatividad, la ciencia y la tecnología. Puede utilizarla de un lado o del otro. Pero su disyuntiva siempre dependerá de su capacidad innata de sobrevivir y mantener la especie. Sobre todo esto último, la supervivencia de la especie. A menos que nos hagamos los indiferentes y miremos para otra parte. Ni más ni menos.

El autor es consultor -promotor agroambiental



 
 
 
 
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