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Reportaje especial
Panamá, martes 10 de abril de 2007
 

RESPUESTA.

¿Para qué es el TPC?

Horacio Estribí

Este artículo responde las afirmaciones hechas por el sociólogo Olmedo Beluche en un escrito denominado "TLC para qué?", publicado en esta sección el pasado 5 de abril. Aunque ocupo el cargo de director nacional de Administración de Tratados y Defensa Comercial en el Ministerio de Comercio e Industria, en esta ocasión responderé a título personal.

Lo cierto es que Beluche intenta fallidamente comparar el Tratado Bunau Varilla con el TPC, lo cual constituye un temerario anacronismo y una distorsión histórica de inadmisibles propósitos. A diferencia de aquel, el TPC fue suscrito por panameños, con amplio apoyo público y el notorio respaldo de productores y otros sectores representativos que participaron en la negociación.

Más aún, mientras que aquel marcaba una nefanda y oprobiosa imposición, el TPC singulariza justamente el inicio de una era basada en el respeto mutuo entre ambos gobiernos, y, como se ha dicho, con el amplio respaldo de la opinión pública; finalmente, mientras que aquel se firma con sigilo éste se aprueba bajo el escrutinio más amplio de los medios de comunicación nacional e internacional.

De modo que, a diferencia del Bunau-Varilla que se basaba en la subyugación, este tratado se fundamentó en la cooperación mutua y se aprueba de cara a una realidad histórica muy disímil de aquel colonialismo periclitado. Es decir, el TPC reivindica a Panamá como aliado de Estados Unidos, no sobre la base de la hegemonía política y militar, sino de la cooperación y el mutuo beneficio. Si algo se podría concluir amigo Beluche es que el TPC constituye la antítesis del Tratado Bunau Varilla.

De paso a este acuerdo se suman otros tratados suscritos por Panamá con países como Taiwan, Chile, El Salvador y Singapur, todos basados en el mismo esquema de reciprocidad y de promoción del comercio y de las inversiones. Curioso que ninguno de estos acuerdos haya sido el blanco de los furibundos ataques de Beluche.

Don Olmedo afirma que "llama la atención el hecho de que el tratado fue negociado en inglés". Esta lengua para bien o para mal constituye el idioma por excelencia en el que se conducen la mayoría de los negocios internacionales. A pesar de ello y conscientes del respeto que merece la opinión pública nacional, la versión traducida del TPC fue publicada en el portal electrónico del Mici a las pocas semanas de su aprobación. De hecho, a diferencia de otros tratados de libre comercio suscritos por Panamá, este se publicó incluso antes que recibiera la ratificación de las respectivas instancias legislativas de sendos países. ¿Qué más transparencia puede exigirse?

Su afirmación de que el tratado ha sido "suscrito no por insistencia de Estados Unidos" lleva a la conclusión obvia, pero falsa, de que debió haber sido entonces por la insistencia de Panamá. En realidad, ya se dijo, el acuerdo se suscribe por la libre voluntad de ambos gobiernos; sin embargo, su argumento contradice las aseveraciones de la extrema izquierda panameña de que el TPC fue una imposición de Estados Unidos. De paso, no deja de ser cándida su insinuación de que el Gobierno de Panamá puede imponer su voluntad sobre el de Estados Unidos.

Finalmente, su tesis conclusiva resulta un galimatías. El sociólogo Beluche exige que se rechace el TPC, pero a la vez demanda que éste se publique en su totalidad (de hecho ya se hizo). Pero, ¿cómo podría abogarse por el rechazo de algo que no se conoce?

Su sugerencia viene a pelo de una anécdota narrada por Felipe González, ex presidente de España. Es sobre un político europeo de oposición que, mientras intervenía un representante del Gobierno en el Senado, decía a su colega de bancada "calla, calla, déjame escuchar lo que propone que me quiero oponer".

El autor es economista



 
 
 
 
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