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Reportaje especial
Panamá, martes 10 de abril de 2007
 

UNA TRANSFORMACIÓN DESCONTROLADA.

Nuestro patrimonio urbano en peligro

Al Jhanniel Urrutia Salazar

La gente suele decir que amamos lo que conocemos. Agrego que amamos aquello que se deja conocer y amar. Y el amor despierta ganas de proteger y mejorar. Esto podemos aplicarlo al espacio donde vivimos. Solemos quejarnos de la apatía y la irresponsabilidad de los ciudadanos hacia la ciudad de Panamá, pero cómo podría ser diferente, si nuestro entorno urbano actual no se deja conocer, y mucho menos amar. La ciudad sigue un desarrollo mal concebido: ejércitos de moles de cemento en plena campaña de invasión, barriadas interminables, calles atestadas de autos, aceras estrechas y llenas de obstáculos, malos olores y contaminación visual… en fin, una ciudad hostil.

Sin embargo, existen pocas áreas de la ciudad que han conservado ese encanto íntimo, conocido, humano. Áreas que conforman nuestro patrimonio, nuestra memoria colectiva, cuya vivencia forma parte de ese cúmulo de valores culturales urbanos que nos identifican como ciudadanos panameños. Bella Vista, cuya construcción se inició en 1911 como barrio residencial y La Exposición, construido por Belisario Porras para albergar la Exposición Universal de 1914, por ejemplo. Pero, ¿qué las hace diferentes? Que a pesar de sus problemas sociales, como la inseguridad, prostitución e indigencia, poseen características urbanas de calidad: calles y aceras amplias que pueden caminarse; lotes amplios con retiros generosos; edificaciones de arquitectura singular y escala humana; arborización; buena conexión con el transporte público; y hasta plazas y parques, en una ciudad donde arquitectos, promotores, inversionistas y hasta instituciones públicas parecen haberle hecho la guerra al espacio público. En fin, un área que se da a conocer y se deja vivir, hecha para la gente, no para el auto, que invita a recorrerla y experimentarla.

A pesar de su valor arquitectónico, urbanístico y cultural, la misma está sufriendo una transformación descontrolada, y a veces pienso que es cuestión de tiempo para que pierda su batalla contra el crecimiento irrespetuoso y deshumanizado. Producto de la urgencia por construir, se han demolido ya varias edificaciones de valor histórico y arquitectónico y surgen hoy nuevas torres, acompañadas de toda su fanfarria de cemento y maquinaria pesada, lamentablemente dejando de lado los elementos urbanísticos que hacen de ésta un área única en Panamá.

Pero, afortunadamente, hay una esperanza. Existe actualmente una iniciativa legislativa para conservar el área, normando su desarrollo. Nos parece un proyecto de urgencia notoria, pues el proceso de degradación está andando. Pero para llegar a buen término se requiere de la voluntad y el compromiso de todas las instituciones involucradas, comenzando por detener las demoliciones. Es hora de que, con el ánimo de superar cualquier obstáculo que pueda presentarse, asumamos todos el compromiso histórico de actuar ahora para no perder este patrimonio, permitiendo que futuras generaciones cuenten con el mismo para conformar de su identidad colectiva. Y de paso, a ver si enrumbamos camino y aprendemos de cuando se hacían bien las cosas.

La autora es arquitecta y ambientalista



 
 
 
 
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