| UN DERECHO ULTRAJADO.
Libertad, ¿falacia o realidad?
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
La palabra libertad ha sido siempre ultrajada desde rincones ideológicos diversos. Cada quien la define a su manera y conveniencia. Pero, ¿a qué libertad nos referimos? Mucho se ha escrito sobre este preciado bien.
En el diccionario de la RAE, su significado está tan plagado de alcances que cualquiera puede utilizar el que le plazca para defenderla o atacarla. En su prístina acepción, es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
Este sentido dado por los académicos de la lengua me parece vago e incompleto. Yo prefiero situarla como la facultad que posee todo ser humano para generar y ejercer pensamiento y conducta según lo emanado de su propia razón, antojo o capricho, sin determinismo superior ni sujeción al criterio de otros.
Conviene resaltar, sin embargo, que las creencias y costumbres asimiladas, por selección darwiniana, a través de la historia han influido notablemente, a veces de manera imperceptible, en la caracterización de la libertad. En el contexto prolijo de la palabra, entonces, está claro que la libertad absoluta representa tan solo una quimera, rodeada de cadenas invisibles que la atan.
Si estuviéramos solos en una isla desierta, no surgirían atenuantes válidos a mi definición. No obstante, para asegurar la convivencia pacífica de una sociedad, esa libertad que otorga el derecho de hacer lo que venga en gana debe estar necesariamente supeditada a no perjudicar la libertad de terceros.
De lo contrario, caeríamos en atroz libertinaje. Por tanto, en toda conducta última debemos siempre honrar el concepto de otredad; es decir, colocarse en el pellejo del otro y no utilizar tu libertad para hacer algo de lo cual no te gustaría ser su propio receptor. Como decía el filósofo alemán Fichte, "El yo debe limitar su libertad individual, mediante el concepto de la posibilidad de la libertad ajena, a condición de que los otros hagan lo mismo". Aparte de la moral intrínseca de cada persona, con su espectro de tolerables variaciones, es el Estado, con sus leyes, el ente encargado de fijar los límites permisibles de la libertad. El presidente Truman enunciaba que "la libertad es el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla".
En este contexto, puede decirse que cualquier legislación que nos quita una parte de nuestra libertad nos provee, a cambio, la porción que nos queda, al conferirnos seguridad, salud, educación, trabajo y prosperidad. El equilibrio entre la libertad individual y la tranquilidad colectiva debe ser el objetivo de toda nación civilizada. Ni la minimización del Estado, como pretenden anarquistas y extremistas de derecha, ni su magnificación, como aspiran badulaques y radicales de izquierda, deben ser estandartes de progreso y bienestar.
No hay nada mejor que utilizar ejemplos cotidianos para remover las legañas mentales de ciudadanos mojigatos, incautos, aéreos, tiranos, oportunistas y corruptos. Los salarios de servidores públicos proceden de los sacrificios e impuestos fiscales de todos los ciudadanos. Por ende, ellos tienen el deber de rendirnos cuentas y nosotros el derecho a exigirlas. La mejor forma de verificar este objetivo es a través de una prensa libre, vigilante e independiente.
Cuando una persona se agita en el mundo político, sabe que se expone al escrutinio constante de todo un país. No estoy de acuerdo en mancillar, alegremente, el honor, la dignidad y presunción de inocencia de nadie, pero cualquier hecho potencialmente revestido de aureola delictiva debe ser denunciado de manera rápida y transparente. El periodista debe plasmar la información, sin tomar partido ni prejuzgar a los involucrados. Los estamentos jurídicos, los cuales también deben sufrir auditoría social, se encargarán de dirimir responsabilidades y culpabilidades. El careo público ordenado recientemente entre una periodista y un maleante es un exabrupto ético cuya intención de fondo parece estar encaminada a amordazar la libertad de los medios.
Ciertos artículos del nuevo código penal, algunos aparentemente elaborados por zánganos serviles a la dictadura militar pasada, violan la libertad de expresión e información, propiciando enriquecimiento ilícito, corrupción y posible refugio de Noriega y otros ladrones en un país cuyas cárceles solo se destinan a malandrines de pocos recursos y nulos padrinos.
La libertad para circular en las calles de Panamá se torna, cada día, más exigua. Por un lado, los anquilosados e intransigentes dirigentes sindicales que solo saben paralizar el tráfico como medida de presión para reivindicar derechos. Más vale que el gobierno opte por incorporar transporte vial aéreo porque el ya desprestigiado sistema de buses articulados acabará siendo blanco de estos manifestantes y el caos metropolitano será espectacular en el futuro.
Por otro lado, el incremento vehicular y el desordenado crecimiento urbanístico citadino siguen provocando tranques desquiciantes que aumentan el nivel de esquizofrenia criolla. Si a esto le agregamos desfiles, procesiones y carreras de ciclistas o maratonistas, mejor sería empezar a construir nuestra oficina en el hogar y trabajar mediante telefonía y cibernética.
Por último, quiero referirme a las retiradas vallas de la revista Blank. Supuestamente, Jesús defendía a humildes, minorías, orates, indigentes o prostitutas y cargaba contra poderosos, déspotas y opresores de la libertad. Me pareció una arbitrariedad que el alcalde, aupado por cristianos de imagen, haya decidido retirar los creativos anuncios publicitarios, los cuales precisamente realzaban valores de tolerancia y criticaban los prejuicios morales basados en estereotipos y diferencias.
El Sr. Navarro no es el dueño de la ciudad ni realizó una encuesta para conocer la opinión de los panameños en el tema. Un grupo de personas manifestó su descontento con la directiva de La Prensa por distribuir el ejemplar de las imágenes a todos los suscritos. Este comportamiento, además de tonto, resulta hilarante. Yo podría también negarme a recibir los fascículos bíblicos porque, a mi juicio, están cargados de fábulas y leyendas desfasadas de los tiempos modernos.
No lo hago, porque me parece una gran oportunidad para educar a mis hijos a tolerar ideas y creencias ajenas, a despejar sus dudas sobre eventos inverosímiles, a inculcarles raciocinio sobre fe ciega y a extraer solamente los mensajes positivos de cada publicación.
Seguramente, este último párrafo será hostilmente interpretado por mis habituales detractores religiosos. Por eso, culmino con una frase del célebre filósofo francés Voltaire, quien apuntaba, "detesto lo que escribes, pero daría mi vida para que pudieras seguir escribiéndolo".
El autor es médico
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