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Reportaje especial
Panamá, martes 3 de abril de 2007
 

El MALCONTENTO.

Encuentro de política (i) realidad

Paco Gómez Nadal

La política comparte, en ocasiones, unos lazos complejos con las patologías psiquiátricas de nuestra época. Los desórdenes de ansiedad, tan de moda en los certificados de ausencia laboral, se han filtrado en los despachos oficiales con, al menos, dos manifestaciones externas: la despersonalización y la desrealización.

En el primer caso, los políticos sufren de "experiencias persistentes o recurrentes de distanciamiento o de ser un observador externo de los propios procesos mentales o del cuerpo". Aquí no puedo negar mi solidaridad con los líderes que dirigen nuestros destinos. Pobrecitas y pobrecitos –para que vean que hay equidad en esto–. Ausentes de sí mismos, olvidan todo lo que fueron, se alejan de su forma de pensar –quizá otrora noble–, renuncian a los valores inculcados desde su tierna infancia –también la tuvieron, salpicada de inseguridades, vómitos y granos–, y se miran desde fuera.

Lo que ven no es agradable: agarrando por la pierna a Maquiavelo, ya justifican lo injustificable, se arman de palabras sin sentido y defienden proyectos a los que, si no sufrieran de despersonalización, se habrían opuesto ferozmente.

Ejemplos hay muchos. Véase a Balbina la soberanista saludar a George W. Bush con afecto diplomático; nótese a Blades vendiendo alegremente a cachitos su "patria" en videos diseñados para jubilados gringos; obsérvese al comandante carretero sentado en la mesa del Gabinete con algunos de los que en otro tiempo serían enemigos furibundos; señálense los almuerzos diversos en los que Mireya, Endara o el Toro van mudando discurso al mismo tiempo que se distancian de sí mismos...

Pero las desgracias psiquiátricas no llegan solas y la despersonalización suele ir acompañada –explican los expertos– de la desrealización. Y este fenómeno sí que afecta a los ciudadanos comunes. Técnicamente, con la desrealización, al afectado "el mundo le parece falso, brumoso, lejano, como si se estuviera fuera o como si se viera en una película".

A nuestros políticos la patología se les complica porque ellos viven realmente fuera de este mundo. Ocupan burbujas refrigeradas a las que sus políticas no rozan.

Si cambian el modelo educativo público, sus hijos nunca lo sabrán porque van a colegios privados; si reforman el Seguro Social, a ellos no les quitará el sueño porque tienen seguro privado; si buscan barriadas para instalar a damnificados de incendios u otros desastres, las familias de los políticos no se afanarán porque en Costa del Este o en el cerro Ancón no vivirán los de Curundú; si hablan de desarrollo y de justicia, a ellos les rebota el discurso porque Ubaldino estará supervisando los detalles de su mansión de casi el millón de dólares, y el Toro estará con sus amigos de la Corte disfrutando algún combate de boxeo.

La desrealización los lleva a creerse su propia película y si un psiquiatra estudiara el caso nos aseguraría que Martín Torrijos está convencido de que está salvando al país; que su esposa pasa de almorzar con Laura Bush a una escuela rancho sin reflexionar sobre el porqué, sino en el cómo; que Varela se mira al espejo y ve las hordas de su propio partido armadas de incomprensión hacia él; que Martinelli jura ser un prócer en potencia con zapatos del pueblo embetunados mientras toma un trago en el Bristol.

¿Con qué criterio deciden entonces?, ¿en qué se basan para sus geniales programas de gobierno?, ¿quién es el Rasputín que les indica dónde invertir los recursos del Estado?

Si yo tuviera la respuesta ya sería merecedor de un Nobel y no estaría escribiendo columnas incendiarias con la esperanza de que alguno de ellos, al mirarse en el espejo, vea la luz.

Lo mejor que puedo hacer –hasta que me inviten a Estocolmo– es compadecerme por ellos y rogar por nosotros, víctimas de desórdenes psicológicos ajenos. También quiero proponer la realización del Congreso Nacional de Política (i) Realidad y programar excursiones en buses fletados por el Ipat en el que descubramos a nuestros líderes la ruta por los caminos de la vida real.

Es cierto. Ellos hacen esfuerzos y cuando hay megadesgracias pasean en tropa, rodeados de seguridad en camisilla, entre los pobres, pisan los escombros de la tristeza de los ciudadanos. Pero hay tantas cámaras, tienen la obligación histórica de mostrarse tan seguros y de demostrar que ellos no tienen la culpa, pero sí la solución, que no invierten un minuto en mirar con ojos sinceros cómo es el país que gobiernan.

Desde la oficina, días después, todo es diferente: entienden que un pobre deba darles las gracias si tiene techo y porotos; consideran que al país le conviene la especulación y que la ausencia de espacios públicos es un mal menor; visualizan filas de turistas pagando por ver delfines en cautiverio y le piden a los animalitos que sean comprensivos... eso se llama real politik. Al final, tantas cosas hacen nuestros líderes por el bien de la patria que el hecho de que sufran de este alto grado de (i)realidad es un mal menor. ¿O no?

El autor es periodista



 
 
 
 
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