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Reportaje especial
Panamá, lunes 19 de marzo de 2007
 

CONVERSACIÓN CON LA HIJA DE BUNAU VARILLA.

Anécdota de un diplomático

Horacio Bustamante

Entre los recuerdos de mi vida como diplomático hay algunos que perdurarán para siempre en mi memoria, por lo que significaron para mí en un momento importante de nuestra historia.

Voy a relatar algo muy emotivo que viví en París, en el año 1973.

Se avecinaba en Panamá la famosa reunión del Consejo de Seguridad de la ONU cuando estaban en su momento más importante las conversaciones sobre el Tratado Torrijos Carter cuya firma ya era inminente.

En París, donde yo vivía siendo embajador de Panamá en la UNESCO, me preparaba a viajar para asistir a este acontecimiento tan decisivo en la historia de nuestra país.

Nuestra República estaba en la víspera de recuperar una soberanía que, con la palabra perpetuidad, entre otras cláusulas y según ciertos relatos históricos, se le había mancillado con el Tratado redactado por Bunau Varilla y firmado con Estados Unidos en el año 1903.

Un día leí en un diario de París, en un artículo dedicado al Tratado del Canal de Panamá que descendientes de Philippe Bunau Varilla vivían en la capital francesa y se me ocurrió entonces, con una remota posibilidad de éxito, que algún familiar podría darme una breve nota adhiriéndose con simpatía a los momentos que estaba viviendo Panamá lo cual sería un gesto que, sin ninguna trascendencia importante, habría caído bien en la reunión del Consejo de Seguridad.

Busqué en el directorio de teléfonos de París el apellido Bunau Varilla y encontré uno solo. No recuerdo qué nombre le precedía y tras preparar papel y lápiz para anotar la conversación con quién pudiera responderme, y con gran curiosidad, marqué el número.

Una voz que parecía de una mujer anciana me preguntó:

-¿Aló, con quién desea hablar?

-¿Es ahí la casa de la familia Bunau Varilla ? - pregunté

-Sí señor ¿qué desea usted?

Tras decirle mi nombre, mi nacionalidad y el cargo que ocupaba en Francia, le contesté:

-Desearía hablar con algún descendiente del ingeniero Philippe Bunau Varilla.

Con una voz lenta, pero clara, respondió:

-¿Qué es lo que usted desea?

-Quería conversar de algo relacionado con la vida de su pariente Bunau Varilla en nuestro país, pero no sé si usted estará muy al corriente ¿qué parentesco la une al ingeniero?

Tras un corto silencio como si cantidad de recuerdos afluyeran a su mente:

-Soy su hija – me contestó.

-¿Giselle? – pregunté recordando que ese era su nombre.

-Si señor, una vieja Giselle.

-Qué gusto escucharla, señora -le dije- ¿Podría tener el placer de hacerle una visita?

-No, señor embajador, me respondió –usted está hablando con una anciana postrada en una cama muy enferma y casi moribunda; sin embargo, recuerdo su país, la maravillosa obra en la que participó mi padre, el sufrimiento que le causó la manera como algunos se portaron con él y las calumnias que se le levantaron y que lo hicieron sufrir hasta el día de su muerte.

Me di cuenta que estaba llorando.

Cálmese, señora – le dije – estamos viviendo otro momento histórico en nuestro país que enmienda los errores del pasado y nos devuelve lo que perdimos en circunstancias que solo juzgará la Historia, ya que estamos por firmar un Tratado que nos devolverá lo que siempre fue nuestro.

-Mi padre fue un gran hombre –me interrumpió– no solo tuvo una actuación determinante en ese gran proyecto, sino que salvó la Compañía del Canal. También fue un gran soldado condecorado por Francia, como héroe durante la guerra y recibió grandes recompensas por los servicios que aportó a la humanidad con sus prodigiosos inventos.

Por un momento se quedó en silencio como emocionada por tantos recuerdos.

En efecto –le dije– Bunau Varilla recibió en su vida reconocimientos por otros hechos muy valiosos, pero sobre lo que ocurrió en Panamá mucho se ha especulado y fue el producto de turbias circunstancias donde se vieron envueltos cantidad de personajes de la época.

-Recuerdo un día en África, donde yo vivía –me interrumpió– cuando mi padre viajó a verme porque yo estaba muy enferma y se temía por mi vida; conversando sobre su pasado súbitamente le mencioné lo que se había dicho de su actuación en la firma del Tratado. Estrechándome en sus brazos me dijo: "Te juro, hija mía, que yo nunca he traicionado ni abusado de la confianza de nadie" y alzando la voz me recordó con orgullo que era él quién había evitado que ese Canal fuera construido a través de otro país.

Tras esta última frase quise hacerle un último comentario, pero no me dejó.

-Le deseo lo mejor para su país –le oí decir en voz baja– pero estoy muy cansada y le pido me disculpe, muy cansada –repitió–. Buenas tardes, señor Embajador.

-Buenas tardes, señora, alcancé a decirle... pero creo que ya había colgado el teléfono.

Pasado un tiempo llamé a su casa para tener noticias de ella y supe que había fallecido.

Nuestra conversación que yo había escrito en una hoja de papel y las frases que había retenido en mi mente me apresuré a escribirlas en limpio ese mismo día. Aún las guardo como un documento valioso.

El autor es ex embajador de Panamá



 
 
 
 
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