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Panamá, viernes 16 de marzo de 2007
 

LONDRES.

Blair no controla su partido

Joaquín Rábago

La rebelión laborista del miércoles en la votación sobre el sistema de defensa nuclear Trident, la más amplia contra una decisión del Gobierno desde la de invadir Irak, ha puesto en evidencia que el primer ministro, Tony Blair, no controla ya a su partido.

En un eco de lo que ocurrió el 18 de marzo de 2003, dos días antes del comienzo de la guerra de Irak, cuando 138 diputados laboristas votaron contra los planes bélicos de su líder, 95 de sus correligionarios rechazaron ayer los argumentos del Gobierno para justificar la renovación de la flota de submarinos de la fuerza de disuasión nuclear británica.

Abandonado por ese nutrido grupo de laboristas, entre los que había incluso algún ex ministro como Charles Clarke, que sumaron sus votos en contra a los de los diputados liberales demócratas y de otros partidos minoritarios, Blair "consiguió su misil", como tituló ayer irónicamente The Guardian, solo gracias al bloque conservador.

Fue una victoria pírrica que puso de manifiesto el hartazgo de buena parte de los laboristas con un líder al que acusan de haber ido las más de las veces a su aire y haber cultivado amistades poco recomendables para un político de izquierda como la del presidente de EU, George W. Bush.

La decisión de Blair de forzar un voto sobre el Trident antes de dejar el poder este mismo año, como ha prometido, calificada por muchos de precipitada, expone además al partido a las acusaciones, que explotarán, sin duda, los conservadores, de que vuelve a las andadas del viejo laborismo, partidario del desarme unilateral.

Lo ocurrido el miércoles pone en cualquier caso de manifiesto el creciente hartazgo de buena parte de los laboristas con un líder que ha seguido siempre su propio instinto aun a riesgo de provocar fuertes divisiones entres sus correligionarios.

Todos ellos admiten que el realismo político de Blair ha sido determinante para la consecución de tres victorias consecutivas en las urnas, pero cada vez más se preguntan si el precio que se ha pagado no está resultando demasiado alto.

La guerra de Irak, lanzada contra mejor consejo y sobre la base de lo que resultaron ser mentiras, ha tenido como consecuencia no solo una catástrofe en términos humanitarios e incluso económicos, sino que ha hecho que se erosionase fuertemente el apoyo del electorado al laborismo, como se ha visto en todos los sondeos.

La negativa de Tony Blair a reconocer cualquier relación entre esa guerra y los sangrientos ataques terroristas contra Londres de julio de 2005 y su insinuación de que su responsabilidad es solo ante Dios y su propia conciencia han irritado a muchos británicos, que han salido numerosos a las calles para manifestar su protesta.

Su intento de endurecer las leyes antiterroristas de este país ha suscitado también fuerte oposición hasta el punto de que su proyecto de extender el plazo de detención sin cargos de sospechosos de terrorismo causó su primera derrota parlamentaria desde su llegada al poder en 1997.

A todo ello se unen temas tan escabrosos para la izquierda como la privatización creciente de los servicios públicos, el encarecimiento de los estudios universitarios o el escándalo de la supuesta venta de cargos honoríficos a multimillonarios benefactores del partido, algunos de ellos relacionados precisamente con esas reformas privatizadoras.

La impresión creciente, reafirmada por el proyecto Trident, es que Blair quiere dejarlo todo atado y bien atado antes de dejar el poder y dedicarse a ganar dinero en el llamado circuito mundial de conferencias como otros ex gobernantes, sin que su más que probable sucesor, el ministro de Finanzas, Gordon Brown, puede hacer mucho de momento por impedirlo.

EFE



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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