| PROGRAMA MUNDIAL DE ALIMENTOS.
Una nueva alianza contra el hambre, la desnutrición y la desigualdad
Pedro Medrano
Al iniciar su gira a la América Latina, ayer, ocho de marzo, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se encontrará un continente que ha dado importantes pasos en materia económica, pero que aún no son suficientes para vencer la pobreza persistente y las inequidades arraigadas en nuestra región.
El presidente Bush iniciará y terminará su viaje con visitas a las potencias económicas –Brasil y México. Entre medias visitará Uruguay, Colombia y Guatemala, en un trayecto por un hemisferio afectado en ocasiones por la perturbación política, y en donde el desencanto causado por las políticas de libre mercado está alimentando un irritado populismo. Como característica común a lo largo de toda la región, el señor Bush podrá percibir que nuestra región sufre de la mayor disparidad económica del planeta, incluyendo al África y Asia.
Hay muchos motivos detrás de los esfuerzos fallidos de la región para llevar a cabo políticas efectivas de erradicación de la pobreza. Pero una de las causas fundamentales es la crisis constante de malnutrición que continúa condenando a millones de personas a vivir en desigualdad de oportunidades. La solución de esta crisis está fácilmente a nuestro alcance.
Hoy, uno de cada seis niños y niñas menores de cinco años de nuestra región está crónicamente malnutrido. Esos niños están en riesgo de sufrir un daño cerebral irreversible porque no reciben los nutrientes apropiados durante unos años que son críticos para su formación. Estos niños y niñas también están en riesgo de no crecer. Consecuentemente este retardo puede afectar muy negativamente al bienestar de sus familias, su situación económica futura y la de su comunidad en conjunto.
Este problema se magnifica en medio de las poblaciones indígenas, cuyas tasas de malnutrición crónica llegan a alcanzar al 70% de su población infantil. Ello se traduce entre las poblaciones aborígenes en las más bajas tasas de esperanza de vida en todo el continente y en el más alto índice de mortalidad infantil.
A diferencia de una emergencia humanitaria como la que aqueja a las víctimas de las crisis en Darfur, en África, el hambre que afecta a un estimado de 52 millones de personas en el hemisferio occidental casi nunca es noticia. Se trata de una emergencia silenciosa y casi invisible, aun para quienes viven en las propias comunidades en donde está presente la malnutrición. Pero sus costos son enormes.
Los resultados preliminares de un nuevo estudio del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) sobre los siete países de Centroamérica y la República Dominicana revelan que el problema causa una pérdida anual promedio de 6.1% del producto interno bruto (PIB) de los países solo en Centroamérica. No obstante, sabemos que el problema se puede erradicar a una fracción de semejante costo.
Creemos realmente que si los esfuerzos se enfocasen en asegurar que los niños y niñas de hasta tres años de edad recibieran una nutrición adecuada, evitaríamos las peores consecuencias del problema entre los miembros más vulnerables de la población. Como anotó recientemente un informe del Banco Mundial, "la nutrición es la verdadera base de la reducción sostenible de la pobreza y, sin embargo, permanece relegada".
Sabemos que el mejorar la nutrición incrementa esperanzadoramente el potencial de las personas pobres para generar ingresos y que ello, a su vez, beneficiará a toda la sociedad, no solo moral, sino también económicamente.
Aun los vecinos más distantes, como Estados Unidos, podrían beneficiarse de mayores oportunidades en el comercio internacional y hasta de menores flujos migratorios. Frente a la posibilidad de resolver el problema, lo único que detiene a la región es la falta de voluntad política.
Tal vez ha llegado el momento de adoptar un enfoque más modesto y pragmático, distinto quizá al de aquella ambiciosa "Alianza para el Progreso" que lanzó el presidente John F. Kennedy en los años 60. Con este pequeño esfuerzo se garantizaría que al menos las personas más vulnerables tuviesen las herramientas básicas para poder competir, dejando con ello de permanecer condenadas a ser el freno de la actividad económica de sus países y región.
Hace falta una acción concertada y un liderazgo que señale el camino a seguir. Todos nos podemos beneficiar, especialmente los casi 9 millones de niños y niñas malnutridos que tenemos en la América Latina.
El autor es director regional para América Latina y el Caribe del Programa Mundial de Alimentos. Cada año, el PMA alimenta a cerca de 90 millones de personas en todo el mundo.
|